Leí en el pasado, en un libro de varios autores franceses anteriores al siglo XVII, una narración muy curiosa e interesante. Por desgracia, la recuerdo muy parcialmente y la he completado en parte, a mi manera, para actualizarla.
En tiempos remotos había un hombre que quería alcanzar el cielo, o sea, el paraíso al que la mayoría de los seres humanos aspiramos. Ideó, pues, un carro tirado por unos cuantos grifos –animales legendarios que con un cuerpo de león y potentes garras en sus patas, con cabeza y alas de águila y con cola de caballo– que lo llevaría hasta la meta de sus sueños. Pero estos originales animales, al igual que los hombres, no brillan por su inteligencia, así que tuvo que idear un sistema para guiarlos hacia el destino que quería alcanzar.
Cogió una larga caña y prendió en su extremo un gran y apetitoso trozo de carne. Nuestro hombre levantó su caña y, al instante de levantarla, los hambrientos grifos se precipitaron para alcanzar su jugosa comida, y mientras nuestro hombre estaba orgulloso de su estratagema, los pobres y pueblerinos grifos sudaban y sudaban, sacando la lengua, pensando en el festín que se darían una vez que llegasen al cielo. Y llegaron. Pero nuestro hombre, al ver que el cielo parecía una cúpula (que en tiempos futuros se diría de plástico) que cubría y cerraba el mundo habitado, y que la miríada de estrellas eran simples figuritas de papel pegadas sobre esta especie de cielo, desesperado y amargamente decepcionado, bajó brutalmente su caña con su carne apetitosa y los grifos, engañados pero más hambrientos que nunca, volvieron el carro a la Tierra. Entonces los grifos estafados pudieron comer esa carne, que posiblemente estaba ya podrida, que era basura, y nuestro hombre se salvó por los pelos de no ser zampado él también.
Pero durante ese viaje frustrado, nuestro hombre había visto allá por Babel, que después sería Babilonia y muchísimo mas tarde el pobre Irak, que había unos hombres que construían una torre para alcanzar el cielo. «Toma –dijo– esto es más sólido y seguro que mi carro tirado por animales estúpidos y estrafalarios». Y se juntó a ellos. Y la torres subía y subía, una torre troncocónica con una rampa circundante que subía también (yo personalmente puedo testificarlo, pues tengo varios dibujos del medievo que lo demuestran), hasta que Dios, según el Antiguo Testamento, los castigó por su osadía, por su orgullo, con la confusión de sus lenguas.
Esos hombres, y entre ellos el nuestro, ya no se entendían, no comprendían lo que los otros les decían, allí ya no había ni capataz, ni arquitecto indispensable con una obra tan importante... Y la torre se desmoronó. Pero los hombres continuaron hablando cada uno con su lengua, pero con la torre destruida, por los suelos.
Así que nuestro hombre no pudo físicamente ir al cielo, y ahora que han pasado tantos siglos continúa confundido y contrariado. Nuestro hombre, a pesar de todo, quisiera ver sus sueños realizados y sus aspiraciones comprendidas. No quisiera ver cómo con una zanahoria que ponen delante de sus narices, los hombres o los burros tienen que avanzar, igual que los pobres grifos engañados perseguían la carne prometida. Nuestro hombre no comprende que íberos que hablan la misma lengua no se entiendan, quedando pasmado cuando escucha a Rajoy y a Zapatero, que posiblemente fueron unos picapedreros que estuvieron en la torre de Babel.
Nuestro hombre, ahora que es tan viejo y han pasado tantos siglos desde que soñó alcanzar el cielo, piensa que solo lo lograremos con un rearme moral de toda la Humanidad, absolutamente de todos dando nuestro afecto, cariño, respeto y amor, ayudándonos los unos a los otros.
Nuestro hombre soñó, y yo también.