Vaya tiempo tan extraño el que estamos viviendo: el país como puede, en la playa, la piscina o la fuente, a remojo de la chicharrera; los políticos en los toros: ministros y líderes, unos a darles la puntilla identitaria y otros tratando de dar la vuelta al ruedo electoral, y el grande, enorme asunto de la legislatura, la primera preocupación de los españoles, la lucha contra el paro, boqueando en la oscura catacumba de una comisión del Congreso, la comisión de Trabajo, a la que sus señorías le pasaron el encargo de aprobar la reforma laboral esta semana con competencia legislativa plena, o sea, por un atajo, sin que tenga que reunirse y debatirlo el pleno del Congreso.
Lo ha dicho el líder de CCOO, Fernández Toxo, y coincido con él: no juguemos con las cosas de comer porque de la resignación a la crispación hay un pasito muy pequeño. La historia enseña que los españoles hemos dado ese pasito más de una vez con consecuencias a veces funestas para la convivencia, pero claro, para aprender de la historia hay que leerla. Aprender la lección, las lecciones, se está volviendo una costumbre en desuso entre los miembros del Gobierno y del PSOE de Zapatero, y siento generalizar pero es que creo que el mal es general con honrosas y muy pocas excepciones.
Este Gobierno, ¿de qué va? Último ejemplo, prohibir las corridas de toros en Cataluña y declarar en Madrid que tal prohibición es un ataque a la libertad, dos cosas contradictorias, las dos con votos y voces del mismo partido. Nos toman por tontos, y no lo pongo entre signos de interrogación porque no me lo pregunto, lo afirmo.
El PP, aún necesita mejorar pero cierra el curso mejor que lo empezó. Está bien que Rajoy haya anunciado una ley para intentar dar marcha atrás en la prohibición sectaria de las corridas de toros solo en Cataluña. Y está aun mejor que en el debate de la reforma laboral hayan concretado su alternativa contra el paro, por más que el Gobierno lo haya situado a finales de julio para que resulte semiclandestino.