Ibiza y Formentera se mantienen, crisis incluida, entre los principales destinos vacacionales europeos y la prueba la tenemos en que seguimos recibiendo miles de turistas. No obstante, a pesar de ser el turismo la única industria que nos da de comer, está muy lejos de ser un lugar común de reflexión económica, política, territorial y ambiental. Uno diría que el fenómeno turístico nos preocupa porque el victimismo es endémico, pero que no nos ocupa en la medida que necesitamos. Durante demasiados años nos hemos creído con increíble ingenuidad –y desde una comodidad que está resultando de altísimo riesgo– que era una forma de maná que llovía del cielo. Y en cierta manera, lo seguimos pensando. Lo prueban las actitudes de muchos empresarios y hoteleros frente al crítico momento que atravesamos.
Dejamos atrás otro invierno en el que se han repetido las mismas jeremiadas, lamentos y propósitos de enmienda de todos los años. Reconocemos la necesidad que tenemos de redefinir estrategias, ver cómo podemos aportar novedad y valor añadido, estabilizar flujos, fragmentar y especializar la oferta dirigiéndola a sectores específicos, pero seguimos en las mismas. Nos conformaremos, una vez más, con salvar la temporada a trancas y barrancas. Y nos daremos con un canto en los dientes si conseguimos el nivel de ocupación del año pasado. Pero nos quedamos sin consensuar medidas que nos aseguren a medio y largo plazo la sostenibilidad que necesitamos. Por activa y pasiva nos advierten que, como espacio turístico de masas hemos tocado fondo; que hemos agotado el ciclo expansivo del modelo actual; que con una oferta envejecida y falta de novedad podemos vernos superados por otros destinos; y nos repiten lo que ya sabemos, que una mala gestión del territorio ha provocado la banalización del paisaje que, en algunos casos, es ya irrecuperable. Los expertos nos advierten, en fin, de suicidio y fagocitosis. Y con todo, sorprendentemente, seguimos repitiéndonos en una improvisación de muy cortos vuelos que se conforma con salir del paso. La cuestión está en saber hasta cuándo podremos seguir con esta pobre estrategia de francotiradores.