Paseando por la calle de la Soledad, la que va de la plaza de la catedral hasta la calle del Hospital, intentaba tener una fantasía histórica situándome en el mismo lugar siglos atrás: cómo sería Vila en el XI, por ejemplo. Ya oigo a los vendedores ambulantes ofrecer fruta y verdura en árabe, estamos en la medina de Yabisah, se escuchan ruidos de fragua, un poco más abajo suaves acordes de laúd. Los hombres morenos de mirada profunda visten anchos pantalones, los zaragüelles, faja y la conocida aljuba, la túnica corta y abotonada, siempre coronada con vistosos turbantes ¿A qué se dedican los señores que transitan esta parte de la colina de calles estrechas?, ¿serán joyeros, curtidores, astrólogos o panaderos? ¿Y las mujeres, dónde están? Hacia dentro, el hogar árabe se esconde de los vecinos, es un micromundo tras los fuertes muros, tras las gruesas puertas con arco de medio punto y las pequeñitas ventanas con celosía y reja, sólo el delicioso olor de la cocina, de las especias, se escapa de allí. Al fondo de la casa, en un extremo del patio florido, con rumor de fuente, el harén, lo que nunca trasciende. No solamente oculta y cerrada está la estancia femenina, también hay una práctica muy extendida en el Medioevo árabe que requiere intimidad, secreto: la alquimia. En sótanos, con pequeños agujeros a la calle para ventilar, se disponían los laboratorios de transmutación de metales. Todos ellos equipados con hornos, el emblemático atanor, alambiques, retortas, fuelles, estanterías repletas de manuscritos que ofrecían las recetas en clave, por si caían en manos de algún despiadado que hiciera mal uso de ellos... Todo lo necesario para obrar el milagro una y otra vez. Con una paciencia infinita, los aspirantes a conseguir las bondades del Ars Magna le dedicaban muchas noches en vela cuidando de que no se apagara el fuego y arruinara la operación, meses, años y algunos la vida entera para conseguir el éxito. Pero no sólo se trataba de un logro material, que no sería poco convertir metales sin valor en oro de la mejor calidad, según los testimonios; lo más importante era experimentar cierto cambio interior, de superación humana que venía acompañando a la química de los metales. Los agraciados con los buenos resultados conseguidos después de mucho esfuerzo ocultaban en el mayor de los secretos sus conocimientos, temían ser secuestrados por desalmados que los encarcelaran para obligarles a trabajar para ellos. Siglos después, el interés y la práctica alquímica llegó a tal extremo que no había corte europea que se preciara que no tuviera su laboratorio bien equipado y su grupo de alquimistas ejerciendo para los poderosos. Entre ellas la nuestra, la de Felipe II. Desde la Torre de la Botica, en el Monasterio del Escorial, el monarca seguía afanoso la evolución de lo que ocurría en el laboratorio real. Lo sabemos bien por la enorme cantidad de obras alquímicas encontradas en la famosa biblioteca que él mismo había agrupado y por la correspondencia que el rey mantenía con los embajadores venecianos y con algunos de los que trabajaban muy directamente para su majestad.
Continuamos el paseo de descenso por Dalt Vila hacia el puerto, reflexionando desde la perspectiva del siglo XXI: para la historia oficial, la alquimia ha quedado solamente como la antesala de la química moderna y una sonrisa aparece en los que escuchan que en la Edad Media, seguramente aquí mismo, se intentaban transformar metales con medios muy rudimentarios. Y sin embargo, me resisto a creer que tanta gente, a lo largo de tantos siglos, fuera tan ingenua de mantener vivo algo que, aparentemente, para el sentido común es solamente una patraña. En algunos de sus textos, en los extraños y curiosos papeles alquímicos, dicen que los ángeles les enseñaron a las mujeres los secretos de su arte. Si revisamos los ´Apócrifos del Antiguo Testamento´, en el Libro 1 de Henoc se puede leer que los ángeles enseñaron las distintas ciencias y los misterios a las mujeres con las que se mezclaron; exactamente Azael, el décimo de los jefes, es el que les enseñó los asuntos de la manipulación de metales.
Me pregunto qué clase de ángeles eran estos, de los de alas o quizá otros. Quiero decir, ¿cabe la posibilidad de que una civilización científicamente más evolucionada nos instruyera muchos años atrás y que la alquimia fuera un vestigio que se mantuvo de aquello, medio solapada, a escondidillas? ¿Somos tan listos, tan únicos y maravillosos que no podemos creer que se forme oro procedente de otros metales por que de momento no somos capaces de hacerlo?