Al alcalde José Sala le faltó tiempo para lanzarse a polemizar con el Consell, sin ninguna necesidad, sobre un asunto en el que hasta ahora reinaba la concordia. Resulta que el plan de regeneración turística de Sant Antoni, elaborado con el consenso de las dos instituciones y de los distintos sectores económicos y sociales del municipio, incluye entre sus múltiples propuestas la de un campo de golf. Esta opción ha quedado plasmada en un documento del Consell, asumido y presentado por su propio presidente, Xico Tarrés, quien, pese a su conocido escepticismo con respecto a la conveniencia de construir campos de golf en Eivissa, admitió en la presentación del plan que «todo debe ser estudiado» y que su viabilidad puede depender de cómo y dónde se instale el campo. Más tarde Tarrés reiteró que personalmente no creía en la oferta de golf porque la isla nunca podrá competir en ese terreno con otros destinos turísticos, y sus socios de ExC, enojados porque se contemplara el campo en el plan de reconversión, se mostraron abiertamente contrarios a esa y alguna otra propuesta del estudio.
Basándose en la polvareda de lo accesorio (las declaraciones de unos y otros para matizar sus posiciones de cara a la galería) y obviando la relevancia de lo verdaderamente sustancial (el contenido del plan, avalado ya por el Consell), Sala se lanzó públicamente a pedir explicaciones a Tarrés, a señalar contradicciones, a formular exigencias, a sembrar dudas y a cuestionar la buena disposición demostrada por la institución insular. Proclamar tanta desconfianza sobre las intenciones del Consell es la mejor manera de torpedear el clima de entendimiento que ha existido en la elaboración del plan y que de ahora en adelante deberá garantizar su aplicación. En vez de valorar el gesto conciliador que supone admitir el golf entre las previsiones de un plan de regeneración auspiciado por un gobierno insular refractario a este tipo de instalaciones, en vez de contemplar con discreción desde la barrera las tensiones que ese gesto provocaba en la coalición del Consell, los responsables municipales de Sant Antoni se apresuraron a aportar una estéril dosis de cizaña. Un desliz más propio de quien pretende hacer oposición que de quien comparte la responsabilidad de sumar esfuerzos para poner en marcha los proyectos de transformación de Sant Antoni. ¿A qué viene enfrascarse de pronto en lo conflictivo o en la discrepancia cuando hay tantas coincidencias, tantos puntos de acuerdo en los que comenzar a trabajar? Por suerte, acabó imperando el sentido común. El Consell no entró al trapo, reiteró su compromiso con todas las propuestas contenidas en el plan y Sala rectificó al día siguiente, expresando su reconocimiento al trabajo realizado por el Consell. Las aguas volvían a su cauce.
La reconversión turística de Sant Antoni no va a depender de si puede tener o no campo de golf. Las actuaciones prioritarias y determinantes diseñadas en el plan son otras muchas: grandes apuestas de transformación urbana, complejas en su diseño y costosas en su ejecución, que van a exigir el compromiso y el esfuerzo de todas las administraciones durante mucho tiempo. Y desde luego, ir abonando la colaboración y no el enfrentamiento, como se había venido haciendo hasta ahora.