Un amable lector (los lectores que ocupan algo de su valioso tiempo en leernos son siempre amables) me escribe desde La Estrada, provincia de Pontevedra, para comentar un artículo en el que glosaba la iniciativa de Esperanza Aguirre para otorgar a la fiesta de los toros la consideración de Bien de Interés Cultural. A mi comunicante le resulta indiferente la polémica sobre la crueldad del espectáculo porque ese –apunta– es un rasgo de carácter inscrito en el código genético de los seres humanos y llevará años erradicar los comportamientos brutales. «Aún no hace tanto tiempo nos entreteníamos quemando a los herejes en la plaza pública, o ejecutando a garrote vil a los condenados ante una multitud de curiosos, incluidos mujeres y niños. Por no hablar de la esclavitud. No dudo que pasará mucho tiempo antes de que adquiramos el nivel de cultura necesario para prohibir los toros, al menos en su faceta actual, tan sangrienta y dolorosa. Pero no debemos desistir de verlo porque nadie se imaginaba una Gran Bretaña sin caza del zorro y se ha terminado prohibiendo pese a la resistencia de poderosos partidarios de ella, incluida la nobleza y los taberneros. Yo aún conservo en un rincón de la sala unos cuadritos en los que puede verse una numerosa partida de hombres y mujeres a caballo, y enormes jaurías de perros. En un tiempo, estuvieron muy de moda como elementos decorativos pero hoy no dejan de ser escenas del pasado. Más o menos como las peleas de gladiadores en la Roma imperial».
Tiene razón el amable lector, aunque el centro de su interés (quizás por habitar en una importante comarca ganadera) fue una alusión mía a los beneficios fiscales que van a derivarse para todos los sectores económicos relacionados con el toro de lidia al ser declarada esa actividad como Bien de Interés Cultural. «Al margen de la evidente intencionalidad política de la medida –escribe–, no se puede ocultar que lo que pretende doña Esperanza es colocar de matute un favor a los amiguetes. En la comunidad de Madrid hay importantes ganaderías bravas y la plaza de Las Ventas es un negocio turístico de primera clase. Ya lo dijo su tío Ignacio Aguirre: «Esperancita es la más lista».
Pero lo mejor de la carta viene al final. El amable lector lanza la iniciativa de solicitar al gobierno de la Xunta de Galicia la declaración de Bien de Interés Cultural para el sector ganadero de carne y de leche que está pasando por una crisis tan grave que pone en riesgo su supervivencia. «¿Quién nos puede negar que la vaca es un animal totémico en Galicia? ¿Cómo podríamos imaginar una Galicia sin vacas? ¿ O es que la vaca lechera es menos que el toro de lidia, desde un punto de vista cultural?»
Totalmente de acuerdo. Declarar la ganadería de leche y de carne como Bien de Interés Cultural, con los beneficios fiscales que eso lleva aparejados, puede ser la salvación económica para el sector. El oportunismo en política es una mercancía de ida y vuelta y la propuesta de la señora Aguirre puede desatar insólitas declaraciones de interés cultural (y fiscal). No es descartable que los arroceros se unan para pedir lo mismo para la paella. ¿Quién se atreve a dudar que la paella no es un símbolo de lo hispánico equiparable a los toros o al flamenco? ¿Y el queso manchego? ¿Y la fabada? ¿Y el pulpo a feira?
La lista es interminable.