Si el dinero que utilizan las Administraciones con tanta alegría no fuera del contribuyente, uno podría ahorrarse la incomodidad de practicar este oficio quijotesco de soltar mandobles a diestra y siniestra, aunque me temo que dar aquí la murga es algo tan ingenuo y alocado como embestir molinos de viento. Vuelvo a comentar el caso de los empedrados de Dalt Vila, un entuerto que, según parece, podrá reconducirse. ¡Felicidades! Rectificar es de sabios. Pero vuelvo a ello para preguntarme qué habría pasado si el ciudadano hubiera hecho mutis. Pues que ahora tendríamos otro desaguisado y el Ayuntamiento estaría tan contento. También me pregunto de quién fue el invento de utilizar los adoquines de marras con el sorprendente pretexto de que otros también los utilizaban. Y no lo digo por buscar culpables, pero sí para pedir que el susodicho se aplique a menesteres de menos riesgo para nuestro castigado patrimonio. Aunque teniendo en cuenta lo que el propio Ayuntamiento hizo en su propia casa, en Can Botino, no es que el asunto sorprenda demasiado. Lo paradójico, en tales casos, es comprobar que las cosas que se hacen mal salen más caras que hacerlas bien. Por el despilfarro que supone hacer, deshacer y rehacer lo mal hecho. Y otro recurso que resulta cargante, porque del uso se pasa al abuso, es el hábito generalizado que tienen el Consistorio y el Consell de –para todo y por lo que pueda pasar– pedir informes y asesoramientos que, por supuesto, tenemos que pagar. Y no digo que estas ayudas estén siempre de más, porque pueden convenir en intervenciones de cierta complicación, pero mosquea que se pidan para ejecutar obras que pueden definirse con sólo utilizar el sentido común. Estoy seguro de que, cuando se hicieron los tradicionales empedrados de Dalt Vila, el maestro de obras no precisó el consejo de expertos, pues lo lógico y natural era utilizar piedra de la isla, eso sí, tan dura como fuese posible. Y ese es el sesudo dictamen del arquitecto al que ahora se ha consultado. Es evidente que el señor Stefano Cortellaro –dicho sea con todos los respetos– no se habrá quedado calvo para dar con la solución, porque es la que todo el mundo sabía y estaba pidiendo: que en la medida de lo posible se reutilicen las piedras aprovechables del suelo original y, en otro caso, usar granito silvestre o piedra calcárea insular. ¡Acabáramos!