A l principio, la historia de amor entre los vástagos de los PSOE-Bloc Montesco y los UM Capuleto parecía la típica relación de conveniencia, pero después se fue convirtiendo en algo más. Tanto tiempo compartiendo escaños y gobierno dio lugar a un amor reñido, que es el más querido, como todo el mundo sabe. Con días excelsos y otros pésimos, como ocurre en cualquier pareja.
Los Montesco sabían desde el principio que no podían fiarse un pelo de Julieta Munar, a pesar de los aires de marquesa que se daba y, por su parte, los altivos Capuleto jugaban con ventaja, puesto que conocían de antemano las tragaderas de Romeo Antich.
A pesar de todos los obstáculos el verdadero interés, digo amor, salió triunfante pero, en lugar de ser felices y comer sobrasadas (muy típicas de Verona como todos saben), nuestra parejita empezó a tener problemas.
Los Capuleto llevaban generaciones dedicados a amontonar dinero y nunca les parecía suficiente. Decidieron que ya que su posición les había permitido saquear a diestro (con el Partito del Popolo) podrían seguir haciéndolo a siniestro (con el Partito de los Socialisti y el Blocco) y a ello se pusieron con entusiasmo impropio de tan alta jerarquía. Julieta, a pesar de su aparente candidez y de su aspecto eternamente joven, era una mujer de armas tomar y controlaba a su clan con mano de hierro. Todo hasta que uno de los suyos (Teobaldo Nadal) la lía parda y tras ser detenido canta como si le fuera la vida en ello.
Ya puesto, cuenta con todo lujo de detalles cómo se encontró con Julieta en la trasera de un carruaje y allí mismo ella le entregó 300.000 monedas de plata. Estuvo tentado de salir volando de Verona con su avioneta pero, por desgracia, en el siglo XVI sólo podía escapar a caballo y a Nadal le dio pereza. Así que se dejó atrapar y decidió llegar a un trato para acabar con los Capuleto, que andaban muy crecidos.
Así las cosas, a Julieta y Romeo no les quedó más remedio que tomar un amargo brebaje para acabar con sus vidas (políticas), pero ni por esas. Todo era fingido. Al cabo de un mes de haber escenificado tan trágica escena, los Montesco y los Capuleto volvían a pactar ante la incredulidad de los ciudadanos de Verona (por no decir Balears) con tal de seguir ocupando los sillones del (des)gobierno del reino.
El afán de poder de ambas familias seguía siendo tan grande que no dudaron en seguir unidos, con el único fin de no perder su situación de privilegio. Y todo en presencia de los sufridos veroneses que, ya definitivamente anestesiados, se disponen a continuar presenciando una tragedia convertida en esperpento que parece durar siglos, mientras los problemas reales de la calle se acrecientan sin que sus gobernantes les dediquen ni un minuto de su tiempo. Ni Shakespeare se atrevería con esto.