La campaña de promoción de la fiesta nacional, a cargo de Esquerra Republicana, enfrenta en el Parlament catalán a los dos colectivos planetarios con menor sentido del humor. Entusiastas y detractores de matar artísticamente a toros concurren en la pasión netamente española que depositan en la ceremonia, tan exaltadora para unos como sanguinaria para sus antagonistas. El debate no pretende reconciliarlos, sino impermeabilizarlos y reforzar su melodramatismo. Cuesta abrir un hueco en las trincheras, para incrustar a quienes calificamos ese espectáculo tremendamente afectado como el deporte más aburrido de la historia, un matadero a cámara lenta donde los seis astados parecen un centenar. Salvo que toree Jesulín.
Antes vería una retransmisión de golf que esa arenosa partida de ajedrez con dos piezas. En contra de los argumentos esgrimidos por los taurófobos y minimizados por los taurófilos, las corridas pecan por escasez de violencia. En su actual configuración sólo se divierte el torero, y encima ha disminuido el número de cogidas. Se debería permitir a los espectadores que dispararan desde los tendidos sobre la bestia –sobre cualquiera de ellas–. También se podría inflar al toro de explosivos, que se activarían en contacto con el estoque para provocar una deflagración que dejara las carnes humeantes en disposición para la parrillada.
Los toros se han hecho incruentos por previsibles, necesitamos más destripamientos. Con un 99.999999 por ciento de victorias de uno de los mamíferos enfrentados, la fiesta nacional es tan igualada como la Liga nacional. Si se estableciera un 80 a 20 más racional –aunque siga siendo a favor del bípedo–, no sólo se repoblarían las plazas, también se simbolizaría con mayor fidelidad lo que unos españoles piensan de otros, y su peculiar concepto de la convivencia. De lo contrario, los festejos con picadores devendrán tan inofensivos como los bailes regionales. Las corridas son hoy festivales cómicotaurinos que se disfrutan a mandíbula batiente, el único ultraje que puede hermanar a entusiastas y detractores.