Ahora que se acaba de reinaugurar la casa que fue de Erwin Broner, ahora que se ha empezado la obra que será el Centro Cívico y el Centro Polivalente de sa Penya, creo que es el momento oportuno para que se imponga una profunda reflexión para que este barrio que tanto se ha deteriorado pueda recuperarse y ser un valor añadido a nuestro patrimonio arquitectónico.
Creo, sin embargo, que nuestras autoridades hacen en lo posible actuaciones positivas, pero también han hecho otras terriblemente negativas, y todos tenemos la obligación de colaborar en lo posible. ¿Colaborar, cómo? Dando ideas, defendiéndolas, pidiendo a los que tienen poder de decisión que todo lo que hagan sea para el bien de la comunidad, respetando nuestra cultura, nuestro patrimonio, lo que nos dejaron nuestros padres.
Cuando vinieron hace años los arquitectos que nos envió el Consejo de Europa, gracias a los desvelos de Luis Llobet, presidente de la Asociación de Vecinos de Dalt Vila, y que fue el preludio de lo que, años más tarde, sería la declaración de Patrimonio de la Humanidad, estos arquitectos hicieron hincapié en que este barrio tenía que ser rehabilitado pero guardando la fisonomía que le daba su valor.
Unos años antes, para conmemorar el cincuentenario de la Caixa en Ibiza, ésta publicó un interesantísimo libro titulado ´Las calles de la Ibiza antigua´, escrito en castellano y catalán, obra conjunta de Luis Cervera Miralles, arquitecto, y de Joan Marí Cardona, canónigo e historiador. Es una obra magistral donde quedan para la posteridad numerosas fachadas de las calles de Dalt Vila, la Marina y sa Penya, con algunos pequeños errores, siendo un magnífico testimonio de lo que eran los ´frontis´ de las casas tal como fueron dibujados en 1973. Naturalmente muchas cosas han cambiado, pocas para bien, pero bastantes para mal.
Un amigo mío con quien comparto el quijotismo de querer defender lo que va desapareciendo ante la indiferencia o complicidad de algunos que tendrían, por sus funciones, el deber de preservarlo, decía que se sirvieron de estos dibujos para restituir el carácter que va perdiendo este barrio. Él vivió en su juventud en varias casas de sa Penya y sabe perfectamente que muchas de ellas, además del estado en que se encuentran, serían difícilmente habitables en las condiciones a las que actualmente podemos aspirar.
En algún escrito mío ya había planteado en el pasado la cuestión de que habría que modificar la distribución interior de las viviendas, agrupando para ello alguna casa colindante pero evitando, en lo posible, la modificación de las fachadas.
No es haciendo algo por aquí y algo por allá que sa Penya acabará siendo lo que tendría que ser. No es autorizando la construcción de un horrendo cubo al pie del espigón del baluarte de Santa Lucía que se mejorará el barrio. Para mí esa obra atenta igual al conjunto del barrio que las porquerías que han proliferado sobre las cubiertas de muchísimas de sus casas y que podemos ver desde el baluarte de Santa Lucía. No es con construcciones como la casa que se acaba de reinaugurar como se mejorará el barrio, pues yo considero que cuando el arquitecto Erwin Broner construyó su casa era mirando su interés personal, pero olvidándose por completo de que aquella casa no estaba en el sitio adecuado y que era como colocar una par de pistolas a un Jesucristo. Aquella casa era como una ofensa a las personas que vivían en sus humildes viviendas, pero que estaban en perfecta armonía unas con las otras.
Espero que mis lectores no piensen que este escrito es negativo. Lejos de mí este propósito. La construcción del Centro Cívico y del Centro Polivalente, en lo que es ahora Plaza de sa Pedrera, entre la calle Vista Alegre y el lienzo de la muralla del baluarte de Santa Lucía, puede ser algo que mejore sustancialmente el barrio para que sus habitantes puedan reunirse, los ancianos tomar el sol, un lugar para que los niños puedan jugar, con espacio, con bancos y jardines. Pero también nos podemos preguntar para qué servirán estas nuevas construcciones, la casa Broner y el Centro Cívico y Polivalente, si el barrio no reúne, en su conjunto, un índice de habitabilidad, si gran parte de él es un barrio degradado, con algunos residentes que estoicamente no quieren abandonarlo, a causa del ambiente que se ha desarrollado en él.
Sé que el Ayuntamiento se ha volcado parcialmente para remediarlo, pero creo que tiene que ser el problema prioritario, no solamente para Eivissa, sino también para toda la isla. Pues es indiscutible que si sa Penya no fuese un barrio casi abandonado de la mano de Dios sería un atractivo tanto como Dalt Vila y las murallas de la ciudad.
Lo que se ha empezado en la Plaza de sa Pedrera podría ser como el inicio de la recuperación de sa Penya, y al estar junto a la muralla y no influir en el resto del barrio (lo cual no es el caso de la casa Broner, ni del horrendo cubo que mencionaba al principio) hay que considerarlo como algo muy positivo.
A esto naturalmente habría que añadirle que se buscasen las formas económicas y jurídicas, como cuantiosas subvenciones, compra de fincas por el Ayuntamiento y expropiaciones para la recuperación total del barrio, pues de no hacerlo así serían bastonazos en el agua, derroche de dinero y nada más.
Y para completar todo lo que he escrito anteriormente no estaría de más insistir, una vez más, en el aparcamiento que habría que hacer en el interior del baluarte de Santa Lucía, respetando en lo posible el Polvorín, que haría de nuestro barrio marinero un barrio encantador.