Una vez finalizada la rehabilitación de la Casa Broner, prefiero, para no ser un aguafiestas, olvidarme del tiempo que hemos necesitado para recuperarla. Tal vez sería conveniente positivar el hecho diciendo que ´bien está lo que bien acaba´, pero no estoy seguro de que podamos decirlo. Por la sencilla razón de que sólo estamos a mitad de camino: tenemos un magnífico contenedor, pero nos falta el contenido, al que hay que añadirle dos cosas: presupuesto y gestión. No se trata sólo de saber qué colocamos en el contenedor, sino cómo lo hacemos y con qué dinero. Y éste es ahora el problema. Porque por lo que se ha publicado sobre ello en estos mismos papeles, uno teme –la experiencia nos tiene escaldados– que aquí se nos abra otro paréntesis excesivo. Y digo excesivo porque mientras se han hecho las obras hemos tenido tiempo más que suficiente para que el uso de la institución se concretara con precisión y garantías. No entiendo por qué se ha esperado a tener la obra finalizada para empezar a pensar qué podemos hacer.
Algunos ya hablan de darle un contenido museístico, cosa que no deja de sorprenderme porque el legado tiene un título perfecto: Fundación Broner. No necesitamos otros nombres ni adjetivos. La casa, por sus dimensiones, no puede ser un museo. Por otra parte, bien están los que ya tenemos, pero la voz museo tiene un retintín de almacén que no nos conviene repetir. Broner era un arquitecto y estaba enamorado de la arquitectura tradicional de nuestras islas. Lo he dicho en otra ocasión y lo repito: ¿por qué no convertimos la Fundación Broner en un centro de interpretación de la arquitectura pitiusa? ¿Y por qué no añadimos, como contenido complementario, un aporte significativo de toda la arquitectura contemporánea que se ha hecho sobre la base de aquella arquitectura? En cuanto a la gestión, ¿por qué no cederla, si la aceptan, al Colegio de Arquitectos? Nadie mejor para darle contenido al proyecto y para convertir la nueva institución en algo vivo. Sería como una extensión en la Marina de su sede en Dalt Vila, una ampliación de su espacio expositivo. Incluso el personal podría ser, mediante un convenio con el Consistorio, del propio Colegio de Arquitectos. ¡Dejémonos de museos y démosle a la Casa Broner el destino natural que reclama el legado del arquitecto!