Con los Juegos Olímpicos se produce un curioso fenómeno social que convierte en avezados expertos en deportes inverosímiles a la mitad de los pobladores de la Tierra. Puesto que se celebran las olimpiadas, nos sentamos ante el televisor y, a la vista de lo lamentable de la habitual parrilla de programación, somos capaces de tragarnos la retransmisión de cualquier disciplina. Los comentarios que genera esa inmersión en lo novedoso no tienen precio. Durante los JJOO de Pekín, recuerdo a mi suegra acercarse a la mesa del desayuno e iniciar la primera conversación del día preguntándonos si habíamos visto el más que injusto penalti-córner gracias al cual la India se había impuesto a Rusia en la fase de grupos de hockey hierba femenino. A nadie le extrañó el alegato, que dio inicio a una encarnizada disertación sobre el mundo del stick.
Con Vancouver, reconozco estar atravesando una situación parecida. Son los primeros juegos de invierno que sigo con cierta atención y no puedo disimular mi asombro. He descubierto, por ejemplo, que los chinos son unos linces del patinaje artístico. Inocente de mí, yo pensaba que los chinos se especializaban en deportes con elevadas dosis de factor fuerza de trabajo, no pocas veces ayudados por elementos coadyuvantes externos de origen químico. Y no, resulta que también patinan a las mil maravillas. No me ha sorprendido, sin embargo, la benevolencia con que los narradores españoles –muy amenos, por cierto– tratan a nuestros compatriotas deportistas. Hubo un chico llamado Mirambell que compitió en ´skeleton´, que viene a ser un trineo sobre el que uno se estira para bajar a toda leche por un tobogán estilo Aqualand. Entró en el puesto 24. Competían 28. La gente estaba, no obstante, alborozada. Él, también. Yo no acababa de entender nada, pero todos aseguraban que en la próxima olimpiada el bueno de Mirambell lucharía por la medalla. Sólo le quedaban por ganar 22 puestos.
Pero lo mejor de todo, y lo que me ratificó en que España tiene que vivir por y para el deporte blanco, ocurrió la otra noche en ´esquí cross´. Nueva modalidad olímpica en la que montan un pequeño circuito estilo motocross, con continuadas curvas y trampolines, por la que los esquiadores tienen que bajar de cuatro en cuatro, dando saltos y tan rápido como pueden. Eran los octavos de final femeninos. En la última manga, una española: Rocío Delgado –¿algo que ver con el gran Perico?–. El comentarista, estupendo, la llamaba ´Chío´. Se dio la salida, que obligaba a las atletas a superar dos enormes obstáculos a golpe de brazos a quemarropa y, tras el segundo, la buena de Chío dejó de aparecer en pantalla. Las otras seguían a lo suyo. En meta, Chío no aparecía. «Puede haber habido un problema con el portillón de salida y quizás haya que repetir la carrera», aseguraba el narrador, confiado en el buenhacer de nuestra compatriota. Luego ofrecieron la repetición a cámara lenta de toda la prueba. Se veía cómo Chío intentó subir el segundo promontorio y, antes de llegar arriba, sus fuerzas dijeron basta. Empezó a irse hacia atrás y acabó cayendo de espaldas. «Chío, ¿qué haces?», se oyó decir al periodista. Pero Chío no se rindió. Sacó fuerzas de flaqueza y escaló los peldaños, consiguió completar el circuito hasta el último salto, muy pronunciado y previo a meta. La gente la animaba, estilo Moussambani. Todos nos alegrábamos por su pundonor cuando… el último salto la traicionó, se pegó un tortazo descomunal y entró en meta arrastrándose por el suelo, sin esquís ni palos. Ahí fue donde el alcalde de Barcelona se ratificó en que España está preparada para organizar una olimpiada de invierno. Con un par.