Si estos papeles hubieran dado la noticia el 28 de diciembre, hubiera pensado que era la inocentada de turno. Cuando Diario de Ibiza concretó el volumen de agua que arroja el pozo localizado en la misma ciudad, en el aparcamiento de un edificio ubicado en la confluencia de las calles Canarias y Obispo González Abarca, creí que había un error: hasta 90.000 litros por hora, 90 toneladas en 60 minutos o, lo que es lo mismo, más de dos millones de litros al día que, según nos dicen, se han perdido y se siguen perdiendo por el tubo de desagüe, alegre y estúpidamente, para que las ratas aprendan a nadar en el subsuelo. Luego, pensándolo bien, resulta que el hecho no tiene nada de extraño. Nuestros constructores conocen bien y desde antiguo la existencia del importante acuífero que tenemos debajo de la ciudad, siendo una experiencia habitual, al levantar un edificio, que el agua aflore al alcanzar los dos o tres metros de profundidad, circunstancia que, para consolidar los cimientos, obligaba al pilotaje.
La existencia del pozo, por tanto, no puede sorprendernos, particularmente cuando en el lugar ya hubo antiguamente una noria que explotaba la vena de agua que tenía debajo. Lo verdaderamente sorprendente es que, conociendo el tema, el Ayuntamiento no haya hecho nada de nada. Ha sido ahora, cuando el asunto ha saltado a la calle, cuando el concejal de Medio Ambiente ha salido de su letargo y nos tranquiliza diciendo que está considerando la posibilidad de reconducir la situación y aprovechar el agua que hasta ahora iba a las alcantarillas. ¡Para que luego nos pidan encarecidamente que ahorremos agua! ¿Cómo es posible que no se les ocurriera inmediatamente aprovecharla para el riego de parterres y jardines o, como mínimo, para limpiar las calles? Es más, creo que el Ayuntamiento, a cambio del uso del agua, debería hacerse cargo de los costos que conlleva tan sorprendente manantial. Y lástima que esté en el interior de un edificio, porque en otro caso habría que pensar en reconstruir la vieja noria que parece reclamar su primitiva ubicación. En fin, que el asunto parece un chiste, pero no lo es. ¡Cosas veredes, amigo Sancho!