Ala vista del inesperado interés que despertó mi colaboración del domingo pasado, y sabiendo que historia sagrada ya no se da en segunda enseñanza, decidí continuar el relato del linaje, hasta José, que es cuando acaba el primer libro de la Biblia, el Génesis. Estaba sentado Abram a la puerta de su tienda, en la hora de más calor, cuando llegaron tres varones, a quienes el Jefe de la casa dio de comer y hospedaje, según rezaba la ley del desierto. Uno de ellos predijo a Abram que cuando regresara de Sodoma Sarai sería madre de un hijo, el legítimo heredero. Y efectivamente, al año siguiente nació Isaac, y Abram por mandato de Yavé se llamó desde entonces Abraham, que significa padre de numerosa descendencia. Lot, que vivía en Sodoma, fue avisado de que ciudad sería destruida y sacó de ella a su descendencia y riquezas. Su mujer se convirtió en estatua de sal, como no había varones que engendraran descendientes, sus dos hijas emborracharon al padre, que preñó a ambas, y así continuó la herencia. Con el tiempo, como eran tantos, se separaron, y los de Abraham moraron mucho tiempo en tierras de los filisteos. El pacto con Yavé se renovó una vez más, después del célebre episodio del sacrificio de Isaac, que no llegó a realizarse, pero debieron todos pasarlo fatal. Transcurrió el tiempo y un sobrino de Abraham, llamado Batuel, fue el padre de Rebeca, la que sería mas tarde esposa de Isaac. Sara vivió ciento veintisiete años, y fue enterrada en el campo de Efrom, en tierra adquirida por Abraham de los hijos de Jet. Abraham, ya muy anciano, envió a un siervo propio a buscar mujer adecuada para su hijo, pero no entre los cananeos, donde habitaba. Marchó el siervo y sentose a esperar junto al pozo, donde iban siempre las mujeres. Allí encontró a Rebeca, que era hermosísima y virgen. Ella accedió a ir con el siervo a Canaan, a conocer a su gente, y se prometió a Isaac y se casaron y les nacieron dos gemelos, Esaú y Jacob, que fue el preferido de la madre. El descendiente legítimo era Esaú, pero cierto día en que venía cansado de trabajar, vendió su primogenitura por un plato de sabrosas lentejas que había guisado su madre. Cuando llegó la hora de la bendición paterna, Isaac estaba muy viejo y casi ciego, y Rebeca hizo que Jacob fuera confundido con su hermano. Rebeca fue siempre muy astuta para salirse con la suya. Influyó para que Laban le obligara a trabajar para él siete años, pero luego fueron otros siete, hasta que Jacob consiguió casarse con Raquel, de la que nacieron los dos últimos hijos, José y Benjamín, en cuyo parto murió Raquel. Contando con estos dos, Jacob, con Lía y cuatro a cinco concubinas tuvo en total doce hijos, que fueron considerados las doce tribus de Israel. Todos los hermanos odiaban a José porque era claramente el preferido del padre, y la jugadita que le hicieron fue de aúpa. Se fueron todos de pastoreo, porque por tradición todos eran ganaderos. Una noche se confabularon todos e hirieron a José, mancharon su túnica de sangre de un cabrito y se la enseñaron a su padre. Benjamín había quedado en casa. José, protegido por Yavé llegó a la corte de Faraón, donde interpretó unos sueños, y este le nombró Ministro. Benefició a sus ´angelicales´ hermanitos, y al final todos felices.