Para ser un viudo de toda la vida no es preciso haber perdido a la esposa, ni siquiera haberla tenido. Basta con sonreír, con vestir, con encender los cigarrillos y con darle vueltas al café de un modo equis. Por algún extraño motivo hay más hombres que mujeres con esta rara vocación. Yo voy por la calle contando viudos como otros cuentan coches con matrículas impares. Si se sumara la tristeza de todos los viudos (reales o de vocación), otorgando al resultado forma de nube, tendríamos otro diluvio universal. Me gusta mucho esta forma de tristeza, la de los viudos. Hay en ella un punto de dignidad, una porción de extravío. Y admiro asimismo la soledad del viudo, que está hecha de largas estancias frente a la barra del bar y de innumerables copas de coñac. El viudo no es necesariamente bebedor, pero da la impresión de que se perfuma con brandy. Tampoco tiene por qué fumar, pero su bufanda desprende ese olor característico del humo frío.
No se ofendan los viudos reales por este retrato del viudo imaginario. Mi atracción por el personaje procede de la infancia y de la misma palabra con la que lo designamos. El término viudo, con esa «u» oscura (la «u» de lúgubre, de luciérnaga, de luctuoso) siempre me llamó la atención. Teníamos, además, cuando yo era pequeño, un vecino viudo que todos los domingos se ponía una camisa blanca y una corbata negra y se iba a comer a casa de sus suegros (o de sus exsuegros, no sé). Antes de salir del barrio pasaba por una pastelería donde compraba unos dulces para los postres. Yo lo veía pasar desde la ventana y me parecía tan triste, tan fuera de este mundo, tan ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, que me identifiqué con él hasta el punto de que ya desde pequeño quise ser viudo (un viudo imaginario, se entiende). Pero me faltó talento, lo mismo que para ser tuberculoso (adquirí la afición a esta enfermedad leyendo ´La montaña mágica´). Si hubiera sido viudo y tuberculoso a la vez, no habría tenido ninguna necesidad de escribir. En realidad, creo que escribo para tapar esas carencias fundamentales. Ayer, por casualidad, conocí a un tipo que ha conseguido las dos cosas (sin haberse casado y sin fumar, lo que tiene su mérito), y parecía sacado de una novela. Un tipo con suerte (o con talento literario).