RAFAEL TORRES
Hay ocurrencias que parecen razonables desde un punto de vista económico, pero que dejan de parecerlo, incluso desde ese punto de vista, cuando, examinándolas, se advierte en ellas la reducción del ser humano a ente exclusivamente productivo o a mercancía. Es el caso de la que ha tenido el Gobierno en relación a la edad de jubilarse: quiere que los trabajadores dejen hasta el último aliento y echen hasta el último bofe en la oficina, en el taller, en el andamio o en la cadena de montaje para que la caja de la Seguridad Social se ahorre parte de la miseria que hasta hoy devolvía a los jubilados en concepto de pensión vitalicia. Hasta los 67 años quiere este Gobierno que la gente madrugue, aguante al jefe, cubra jornadas interminables y viaje en transportes atestados, y todo para enmendar no una inevitable deriva de la Seguridad Social hacia los números rojos, sino una que se puede evitar perfectamente si, partiendo del reconocimiento del derecho a descansar luego de una vida de intenso trabajo, se idea alguna otra fórmula, equitativa y amable, que asegure en el tiempo las pensiones. Claro que una idea es siempre, y más en un asunto tan sensible como éste, lo contrario de una ocurrencia.
Que los trabajadores pactaron una edad de jubilación, los 65 años, que no puede ser modificada unilateralmente sin su anuencia, o que en el país del paro, cuantos más ancianos trabajen, menos jóvenes podrán trabajar, son obviedades que el Gobierno no contempla, y eso le lleva a despreciar fórmulas tan sensatas como la que permitiría que los trabajadores pudieran seguir después de los 65, dependiendo de la salud, el vigor, la voluntad, el apego al oficio y la ilusión de cada uno, hasta cuando quisieran, o plantarse. Me temo que con ésta ocurrencia de los 67, al PSOE se le ha acabado de caer la ´O´.