Supongo que es del todo imposible conocer el montante de la ayuda pitiusa a los damnificados por el brutal terremoto de Haití, pero estoy seguro de que es significativa, cuantitativamente, importante. Poner nuestro granito de arena en esa orilla devastada del mundo es lo único que ahora podemos hacer. Pero es lamentable, en todo caso, que estas muestras que ahora se dan a escala planetaria de humanismo y conmiseración se produzcan únicamente cuando las dimensiones del desastre remueven nuestras acomodadas conciencias y subrayan la fragilidad de una existencia en la que el azar –el fatum o destino, como prefieran– tiene un protagonismo que no acabamos de entender. En un mundo supuestamente ´creado´ no nos tranquiliza ni nos sirve que nos hablen de ´causas naturales´. Porque, en tal caso, este mundo tendría demasiados fallos de fabricación, sería una chapuza. Las horrorosas imágenes que hemos podido ver por televisión y que recuerdan las que ya vimos en otros cataclismos provocados por volcanes y tsunamis nos colocan en la tesitura de rechazar un universo en donde los que más sufren son los pobres y los inocentes.
No puedo dejar de pensar en esa escuela en la que, en un minuto, murieron aplastados 400 niños. O en ese pequeño de 7 años que pasó 6 días bajo los escombros –solo, sin comida, sin agua, en la más absoluta oscuridad, en estado de shock– y que al rescatarlo tenía cogido, en su pequeño puño agarrotado que no podían abrirle, el dedo amputado y putrefacto de alguna persona que le dio la mano cuando tembló la tierra y los edificios se desplomaron como si fueran de papel. Frente a estas imágenes que no tienen nada que envidiar al Infierno de Dante, uno piensa que, si llega el Apocalipsis, no nos sorprendemos. Lo hemos visto en Haití, lo vimos en el tsunami del Índico y lo vimos en el derrumbe de las torres gemelas. En este último caso, el Mal tuvo rostro, fue intencionado, pero en los otros casos intervino el maldito azar. Y sin embargo, Dios permanece impasible. No ha dicho nada. Es imposible no preguntarse cómo casa ese buen Dios que nos venden las religiones con el Mal con mayúsculas, absurdo y sin sentido. Se hace muy cuesta arriba aceptar un mundo inmoral o amoral en el que los niños son torturados.
¿Entiende alguien el silencio de Dios?