También la llaman piadosamente la ´Peregrina´, pero a riesgo de confundirla con la patrona de Vigo o de Pontevedra. La Muerte, así como mayúsculas, suele ser un personaje literario, no solamente en los Autos Sacramentales, en donde suele representar a alguien siniestro e inexorable. Es curioso que un ´evento´ tan cosido a la ´vida´ del hombre, no suele ser argumento o tema de conversaciones, a no ser que estemos (y desgraciadamente ésta lo es) en una etapa de desastres que hacen historia, como el bombardeo de las Torres Gemelas en Nueva York, y aún peor, si cabe, la hecatombe reciente de la isla de Haití, cuyas estampas en la tele tienen acongojado el corazón de la humanidad. Antes ocurrían cosas terribles, pero no había la profusión de medios de comunicación, como ahora, que cuando ocurre cualquier hecho noticiable, el mensaje vuela resultando casi coetáneo a la realidad.
Es verdad que socialmente no hablamos a menudo de la muerte, pero me temo que pensar sí pensamos en ella. Es un tema de meditación, que agita el espíritu. «Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando». Las coplas de Jorge Manrique resultan un modelo clásico de ensimismamiento, de recogimiento del espíritu. Creo que era de los cartujos (esos monjes que no hablan, ni se comunican entre si más que una vez al año) el lema: «no hay nada que más despierte que vivir sobre la muerte». No hay autor, en filosofía, ni en literatura, que no se haya ocupado del tema. Incluso hay alguno que lo convierte en tema fundamental. Heidegger dice que el hombre es «un ser para la muerte». Está ´muriendo´ desde que nace, puesto que la vida podría definirse como un ´camino hacia´ el final.
Siento tratar este tema, al que no quiero ser demasiado asidua para no chafar la mañana del domingo. Ya tenemos bastante con los telediarios y los reportajes fieles a la actualidad, tan escasamente grata.
Yo ya dije varias veces que no la temo, porque no creo en la desaparición total del hombre. «Algo se libra del castigo», dice Horacio en la última Egloga. En cierta ocasión alguien me dijo sobre el tema algo inquietante: que cuando el individuo fenece, inmediatamente después, ´pesa menos´. Me parece una hipótesis sospechosa. Como quiera que se trata de un cambio tan íntimo, tan radical, es posible que el cuerpo, que es quien muere, sufra transmisiones, desprenda vapores, gases, elementos que alteren el peso. Pero nada más. Ese ´algo´ que convierte súbitamente la ´persona´ en ´cadáver´, pasa a otra clase de existencia, a la que podemos inadecuadamente llamar ´vida´, pero sabiendo que el ´organismo´, es decir el orden armonioso y sincronizado de todos los órganos y sistemas que componen eso que llamamos ´ser humano´, ya no es la vida de la que hablamos comúnmente. Esto es tan misterioso aún, tan enigmático, que nada o muy poco se puede afirmar científicamente. Porque, encima, estamos habituados desde hace un montón de años, al conocimiento científico, como lo que está basado en demostraciones empíricas, es decir experimentales. Hablar de todo esto, ya lo sé, es divagar, hablar por hablar, por lo que les ruego me disculpen.