Una de las cosas que más sorprenden a los economistas extranjeros que se fijan en la crisis española (con una tasa de paro que dobla la de los países avanzados) es que no se vislumbra nada parecido a una convulsión social. Más aún: si se compara con la crisis del 93, hay menos trabajadores en huelga, pese a que los ocupados eran 12 millones y, en el mejor momento reciente, hemos llegado a 20. La pregunta es clara: ¿por qué?
Algunos expertos lo atribuyen a la mayor ´madurez´ de empresarios y sindicatos, a partir del ´diálogo social´ cristalizado en los 90. Otros lo centran en la actitud de nuestro presidente: obsesionado con que los sindicatos no le monten una huelga general, como a sus antecesores, Zapatero ha cuidado sus apoyos en ese sector (evitando cualquier reforma laboral encaminada a facilitar el despido).
Por otra parte, la alta temporalidad (llegó a cotas del 33%) y el hecho de que el paro se haya cebado en sectores que ´molestan poco´ a los sindicatos (como la construcción) son factores que también explican esta tranquilidad aparente.
Pero empiezan a verse nubarrones que amenazan tormenta, si el tiempo no ayuda (léase, recuperación de las economías centrales). Por ejemplo: inicio de la destrucción de empleo fijo, desde el verano de 2009; alto paro entre la inmigración, con menos facilidad para recurrir al ´colchón familiar´ cuando se agotan las ayudas; elevado endeudamiento de familias-empresas-administraciones, con crecientes dificultades para devolver lo prestado, en medio de una dinámica de paro-cierre de negocios-encarecimiento del coste de la deuda.
Y, sobre todo, sensación de que la crisis durará aquí más que en otros sitios (por ejemplo, según economistas de Esade, no se creará empleo hasta 2013). Ojalá persista la calma hasta entonces.