Recientemente, una consultora preguntó a políticos, académicos, periodistas y directivos cuáles eran sus previsiones para el próximo año. Aunque coincidían en que «lo peor de la crisis había pasado», ¿cuál fue el único colectivo en afirmar que la economía mejoraría en 2010? Los políticos, en una muestra de «conexión con la realidad».
Esta situación no es nueva. Buena parte del electorado cree que muchos políticos (con excepciones) viven en su burbuja, ajenos a las preocupaciones del ciudadano. El problema es que la crisis ha acentuado la desafección hacia los dirigentes públicos. Casi todo el mundo acepta un componente de engaño de los mandatarios (por ejemplo, el Gobierno anunciará que termina 2009 con menos de 4 millones de parados… porque pocos denuncian que cerca de otro millón, apuntado a ´cursos de formación´, no consta como parado), pero puede salirles caro si no actúan con responsabilidad ante los problemas (como han hecho en Irlanda: con dificultades parecidas a los nuestras, sus dirigentes aplicarán recortes sociales… y se rebajarán el sueldo, predicando con el ejemplo).
Y es que el malestar ya se muestra en los sondeos. El último del Centro de Investigaciones Sociológicas ya situaba a los políticos como tercer problema del país (por detrás del paro y la situación económica). Y en zonas como Cataluña se vive una especial efervescencia política, ante las autonómicas del próximo año (en las que se apunta la posibilidad de que crezcan populismos salvapatrias o formaciones xenófobas, aprovechándose de los prejuicios de grupos castigados por la crisis).
Hay tiempo para rectificar. Pero también existe la impresión de que, si comparamos a los dirigentes que nos tienen que sacar del pozo con los de 25 años atrás (los Felipe González, Adolfo Suárez, Manuel Fraga o Jordi Pujol), la teoría evolutiva no ha acabado de funcionar en ese ámbito.