Lo que pasó con las corridas de toros en Ibiza –que desaparecieron por sí mismas, por falta de afición– es lo que pasará en todo el país, antes o después. La referencia viene a cuento por la polvareda que ha levantado la propuesta del Partido Popular en Cataluña para que se prohíban los toros. Pues bien, aún reconociendo que las corridas de toros tienen un punto de crueldad, con iguales motivos tendríamos que protestar por la forma en que se crían las aves y los animales de engorde, sean vacas, cerdos o gallinas.
El toro bravo sufre un castigo evidente en la plaza, pero no es menos cierto que puede llevarse por delante al torero –en ocasiones lo hace– y que antes de la corrida vive como un sultán en un harén, mimado, bien alimentado y en absoluta libertad en la dehesa.
Me pregunto si es preferible la vida que llevan las vacas encajonadas en las granjas, comiendo piensos y sin ver la luz del día, para acabar en el matadero de mala manera.
Y conste que soy visceralmente antitaurino. No negaré que las corridas de toros tengan un valor histórico y cultural, incluso una estética en los lances, –muchos artistas la utilizan como motivo de sus cuadros y esculturas–, pero, aún así, no se justifican. Aunque sólo sea porque no se puede hacer un espectáculo con el sufrimiento de un animal. Pero dicho esto, tampoco hay que caer en la hipocresía.
Porque mucho peores son otros espectáculos en los que las víctimas son humanas: niños soldados, hambrunas, niñas prostituidas, hombres esclavizados o mujeres lapidadas en nombre de una supuesta justicia. Y no decimos ni pío.
La fiesta de los toros es una costumbre aberrante, es cierto, pero como lo son las carreras de los sanfermines o las fiestas de pueblo en las que se arroja una cabra desde un campanario.
Lo que vengo a decir es que las corridas de toros, antes o después, desaparecerán. Sin necesidad de decretos ni prohibiciones. Las sensibilidades se van afinando y los jóvenes no van a las plazas. Y como desaparecieron los toros en la plaza de Ibiza, acabarán desapareciendo en todas las ciudades y pueblos.
Es cuestión de tiempo. Convendría, creo yo, que los políticos dedicaran su precioso tiempo a solventar otro tipo de problemas. Que no nos faltan.