Cada vez parece más remoto el día en que España disfrute de ese superior estadio de la civilidad donde el debate político no se articula desde el denuesto, ni desde la imprecación, ni desde la injuria, ni desde el rebuzno. En realidad, lo que cada vez parece más remoto es que en España pueda darse alguna vez el debate político, que necesitaría, para aclimatarse y sobrevivir entre nosotros, de una más templada temperatura. Según Tertsch, que convalece aún de la agresión que sufrió en un altercado nocturno, lo suyo habría de inscribirse en el «clima de odio» que se respira, pero, naturalmente, achaca a otros la responsabilidad y en ningún caso, en la parte que pudiera corresponderle, a sí mismo.
En España no hay debate político ninguno, sino tertulias, y a éstas asisten, junto a unos pocos verdaderos analistas que acaban laminados por el guirigay, profesionales que parecen serlo más del energumenismo que de la opinión. Diríase, pues repiten sin alterar una coma las consignas de los partidos que defienden, única e invariablemente el PP o el PSOE, que son enviados por estos como fuerzas de choque, de primera línea, y no sólo como devastadores arietes, sino para que sea en ellos donde se produzcan las bajas. Al calor de esas hogueras, las bocas se incendian y la razón arde y se consume hasta la total consunción. Las voces independientes y los talantes morigerados, o, cuando menos, sumisos a una elemental educación y a las reglas del debate, sobran en esas fábricas donde se despoja a la profesión periodística de lo más digno de ella, que no es otra cosa que la romántica, tal vez por imposible, búsqueda de la verdad.