Las cosas cambian, para bien, cuando los técnicos opinan. Al leer el otro día el artículo del presidente del Colegio de Arquitectos sobre el proyecto de ampliación del puerto, auténtico galimatías en el que cada cual dice la suya –cosa, por otra parte, conveniente y natural–, uno tiene la impresión de que, si las cosas se hicieran como deben hacerse, las piezas del rompecabezas podrían tener mejor encaje y tendríamos sobre la mesa una visión integradora de un proyecto que, según todos los indicios, nos han vendido intencionadamente con calzador y de forma fragmentada. Se nos ha dicho en cada momento lo que convenía decir, para hacer, en definitiva, lo que quería hacerse. De forma unilateral y sin el necesario consenso. En este sentido, sorprende saber por el Colegio de Arquitectos que la misma Autoridad Portuaria haya convocado concursos públicos de ideas para las obras llevadas a cabo en los puertos de Ciutadella, Maó y el Port Vell de Palma y que aquí, no sólo no se haya hecho sino que se han ignorado en su totalidad las ideas que han lanzado algunas instituciones y colectivos.
Este comportamiento resulta particularmente sospechoso cuando se trata de un proyecto que, por su fisicitud, trata parámetros cuantificables y que pueden argumentarse con relativa contundencia. No es un tema, como decimos familiarmente, per a fer volar coloms. Sólo puede responder a necesidades determinadas y definidas, ajustándose, por otra parte, a las concretas y limitadas posibilidades que ofrece la bahía. En este sentido, no se entiende que se ignoren, en su totalidad, las propuestas presentadas y que, como mínimo, podrían servir para corregir o matizar un proyecto aparentemente desmesurado y del que no se explican muchísimos aspectos que cambiarán radicalmente el puerto y el antepuerto. Y es que, como leemos en el artículo de los arquitectos, no se trata sólo de construir las plataformas: hacen falta instalaciones para dar servicio a los barcos, estación marítima, aparcamientos, aclarar la circulación y los usos de cada muelle, determinar las vías de acceso y, sobre todo, ofrecer un planteamiento global. Y como es difícil creer –sería muy grave– que se esté improvisando sobre la marcha, cabe pensar que el proyecto totalizador que reclamamos existe y lo único que pasa es que no se hace público en todos sus detalles porque no interesa. A partir de aquí, no es extraño que la obra despierte toda clase de recelos.