Desde hace unos meses, alrededor del presidente Rodríguez Zapatero todo parece cursar en términos de crisis. El escaparate más llamativo es la política exterior: tras el caso de los piratas de Somalia, tensión con Marruecos a cuenta del caso de la activista saharaui Aminatu Haidar; incertidumbre y temor por las vidas de los tres cooperantes secuestrados por Al Qaeda en Mauritania; incidentes con Gibraltar; crisis diplomática con Honduras.
Uno a uno serían episodios con solución –en algún caso muy compleja, porque si los secuestradores se declaran terroristas sería muy difícil atender a eventuales reclamaciones de tipo político–, pero caso a caso, podrían ser encauzados. La complejidad de la situación viene dada por el encadenamiento de los problemas y por la sensación de desbordamiento que transmiten. Por los titubeos detectados a la hora de encararlos, se puede inferir la perplejidad del presidente del Gobierno, que no acierta a digerir los desafíos envenenados que proceden del Magreb.
Perplejidad que también incluye la soledad con la que nuestra diplomacia está capeando la arrogancia de Rabat en relación con el caso Haidar. Hay un sector de opinión que cree que el Gobierno Zapatero ha equivocado su política de buena vecindad con respecto a Marruecos; otros, conocedores de la naturaleza autoritaria del régimen alauí, se inclinan por el realismo político y miran hacia París y Bruselas como aliados e intermediarios para resolver nuestros conflictos. A la postre, unos y otros coinciden en la misma idea: pese a las fotos con Obama, en política exterior, el Gobierno Zapatero está bastante solo.