Al final tenía razón Isabel Pantoja cuando sacaba al escenario al niño Paquirrín en sus actuaciones. Al final el «modelo Pantoja» se impuso porque abogaba por la conciliación familiar y laboral mucho antes de que Zapatero le diera rango gubernamental a esa cosa, como se lo ha dado a los grados de temperatura y el porcentaje de humedad que debe haber en los locales públicos.
Cuando Pantoja sacaba a sus hijos a los escenarios al filo de la medianoche y la hinchada enloquecía por vivir un «¡Hola!» en directo uno pensaba que era explotación infantil y que aquellas criaturas estaban mejor durmiendo, que menuda roña de país donde se mezclaban arte y cotilleo, donde el artista daba la familia a comer al público para que el público, a través de la taquilla, diera de comer al artista y a su familia.
Cómo cambian las cosas. No era pecado de meridionalidad, ni artisteo de barraca, ni explotación infantil sino vanguardia social y política. La prueba es que el lunes 30 de noviembre Tobias Billstrom, ministro de Inmigración (nada menos que) sueco, se presentó en la reunión comunitaria con su hija Tone, de nueve meses, en los brazos.
Casualmente, ese día se tomaban una serie de medidas para favorecer la conciliación familiar y laboral y debía de haber algún fotógrafo por allí y padre e hija, ministro y bebé, se convirtieron en la imagen del día. Con lo estricta que es Europa para el cuidado de los niños, si eso fuera explotación allí le habrían detenido sin parar mientes en que fuera ministro. El sueco se ha propuesto pasar más tiempo con su familia y se llevó a la mujer y a la cría a Bruselas. Quiso apurar tanto la compañía que no soltó al bebé hasta la reunión de ministros. Eso es ser un padre conciliador. No era necesidad ni apuro porque eso lo tiene de sobra cubierto el ministro por su esposa, por el servicio y por el dinero para el canguro o a la canguro belga. No era lo nuestro: era pantojerío.