Cerca de mi casa, en Barcelona, existe una tienda muy especial. La había visto cientos de veces pero sin prestarle atención, posiblemente porque parecía una de esas pequeñas papelerías de barrio que venden periódicos, artículos de escritorio y algunos libros, además de ofrecer un modesto servicio de copistería. Hasta que un día me detuve en sus vitrinas y observé dos curiosas ofertas. En un escaparate se ofrecían novedades literarias con un 10 % de descuento y, en otro expositor, libros de segunda mano por el módico precio de 1 euro. Vi tres títulos que me interesaban y entré a comprarlos. Gestionaban el local tres jóvenes que andaban atareados. Esperé a que uno de ellos acabara lo que estaba haciendo y pedí los libros que me interesaban, pero enseguida noté en él algo raro, un extraño rictus en el gesto y cierta lentitud en el habla. Y cuando los otros dependientes cruzaron unas palabras, también descubrí en ellos una leve distorsión que no sabría explicar. Pagué los 3 euros y salí muy ufano porque aquello era un auténtico filón para mi impenitente vicio de comprar nuevos títulos y viejas ediciones.
Pero iba camino de casa cuando pensé que algo no cuadraba en aquella tienda. Luego he sabido que el establecimiento pertenece a una asociación que ayuda a personas que tienen alguna minusvalía, pero que son perfectamente capaces de atender las pequeñas ventas de la papelería. Los descuentos y el bajo precio en los libros de segunda mano son sólo un gancho para quien, además de libros, puede comprar cualquier otra cosa. La iniciativa es tan sencilla como eficaz. Y lo que hago ahora es, una vez leídas las novelas que les compro, devolvérselas para que las vuelvan a vender como libros de viejo, añadiéndoles los libros que tengo en casa y que, por no interesarme, antes dejaba en una plaza, sobre un banco de piedra, donde los vecinos del barrio nos intercambiamos lecturas. Lo traigo a cuento porque la iniciativa de la papelería me parece una anécdota urbana a tener en cuenta en Ibiza, donde sería muy de agradecer que pudiéramos disponer de una buena librería de viejo. Estoy seguro de que el personal cooperaría y de que sería una excelente ocupación para algunas personas que lo necesitan.