El (mal) talante le ha costado el puesto al máximo responsable del Ib-Salut en Eivissa y Formentera. El relevo de Francisco Cárceles al frente del hospital Can Misses y de toda el área de salud de las Pitiüses ha sido consecuencia, sobre todo, del pésimo ambiente de trabajo que reinaba en el centro hospitalario y que lo estaba convirtiendo en una olla a presión.
Can Misses es un hospital desbordado por el aumento de la demanda asistencial y la falta de espacio y de personal, que revienta por sus costuras y al que le quedan dos años más como mínimo de estrecheces; en estas condiciones, ofrecer el mejor servicio posible a los usuarios depende en gran medida de la entrega y la buena disposición de todo su personal, un esfuerzo muy difícil de conseguir con un clima laboral de crispación y descontento.
Los indicios de que la conselleria balear de Salud había perdido la confianza en Cárceles y de que algo se estaba moviendo quedaron confirmados con las extensas declaraciones que el conseller, Vicenç Thomàs, hacía el pasado domingo a Diario de Ibiza. En ellas reconocía sin ambages el mal ambiente que reinaba en el hospital y revelaba que se había llamado la atención a Cárceles por ello. Haber accedido a la entrevista ya suponía un cambio de actitud significativo, pues sólo unos días antes, a raíz de una rueda de prensa de Thomàs, el responsable de comunicación de la conselleria había advertido a la periodista de Diario de Ibiza de que el conseller no pensaba responder a sus preguntas.
El primer reto que deberá afrontar el nuevo director-gerente a partir de mañana es apaciguar los ánimos, restablecer el diálogo constructivo y tender puentes de confianza con el personal, tanto con los responsables de los distintos servicios como con los representantes sindicales. Julio Villar es un hombre con experiencia y bregado en la gestión, pero llega en un momento económicamente complicado y va a encontrarse un presupuesto ya hecho, sensiblemente mermado con respecto a ejercicios anteriores y que puede condicionar toda su actuación durante el próximo año; apenas le queda tiempo o margen de maniobra para proponer algún cambio, como sería deseable para minimizar los exagerados recortes efectuados en el presupuesto del hospital. Lidiar con las penurias y apreturas actuales no le resultará fácil, pero también tendrá ante sí un horizonte laborioso y apasionante para cualquier gestor, como es la construcción y puesta en marcha del nuevo complejo hospitalario de Can Misses.
Ahora bien, en cualquier caso conviene subrayar que el éxito de una gestión sanitaria no puede medirse exclusivamente en términos económicos. Si el rigor presupuestario y el ahorro de costes se pueden conciliar con la calidad del servicio (la que aprecian los pacientes, no la de los artificios estadísticos), tanto mejor, pero en la sanidad pública lo que verdaderamente cuenta al final es la eficacia asistencial y la satisfacción de los usuarios, no la eficiencia económica, y eso supone que la sensibilidad del médico debe prevalecer siempre frente a los fríos objetivos del Ejecutivo. En el gestor sanitario público suelen coexistir las dos almas, pero cuando su actuación invierte ese orden elemental de prioridades, su fracaso está casi asegurado.