Cuenta Leonardo Sciascia, en las páginas de su diario, la anécdota de un amigo arquitecto que, al cabo de los años, encuentra a un compañero de colegio convertido ahora en un importante hombre de negocios. Después de unos minutos de intercambio de información y recuperada ya la vieja confianza de los tiempos de escuela, entran ambos en el terreno de las bromas y el arquitecto alude a un rumor que corría entre la población: «Me han dicho que te has vuelto ladrón». Sin alterarse, el otro le pregunta: «¿Y tú?». «Dicen que no», responde el arquitecto. «Entonces eres tú el auténtico ladrón: robas a tus hijos», replica el pez gordo. «¿Por qué? ¿Cómo?». «Porque mis hijos tienen algún que otro millón de francos suizos, y en bancos suizos. ¿Y los tuyos?».
La cita, recogida de un artículo de José Ramón Giner publicado años atrás en El País, sintetiza el universo de Sciascia, de cuya muerte se cumplen hoy veinte años. Maestro, escritor, político en breves etapas de su vida, de Leonardo Sciascia se ha hablado y discutido mucho, en general para bien, aunque no faltaron quienes le lanzasen furibundos ataques. No es de extrañar. Dispuesto siempre a batallar por la verdad y la justicia, sus dos obsesiones, se enfrentó a poderosos enemigos que no siempre escogió. Honrado en lo intelectual y lo material, obró siempre con el interés de desenmascarar a los que, en el ejercicio de lo público, no perseguían el provecho de la comunidad a la que decían servir, sino el suyo o el de otros.
Nacido en 1921, siciliano, le tocó vivir en la Italia de la Democracia Cristiana, del potente Partido Comunista de los años sesenta y setenta, del terrorismo de la Brigadas Rojas, del Vaticano. También de la Mafia. A todos se enfrentó en un momento u otro. Enamorado de las ideas ilustradas, de Voltaire y Diderot, ansiaba para Italia un Estado fuerte, democrático, laico, libre de dogmas y atavismos, en el que imperara el Derecho y la igualdad de oportunidades.
Era de izquierdas, pero su rigor le acarreó encontronazos con la izquierda y los sindicatos de su país, para los que «sólo existen derechos, y no deberes». En una entrevista con Juan Arias les acusaba del desmoronamiento de Italia. Opuesto al compromesso storico («los peores demócratacristianos, los que han hecho todo lo posible para disgregar el Estado, por corromperlo, lo quieren para ser protegidos por los comunistas»), Enrico Berlinguer le embistió cuando se atrevió a decir en público lo que muchos susurraban en privado: que los países del Este estaban financiando a las Brigadas Rojas. Calificó de corrupto y de opuesto a la libertad el abuso que se hacía de derechos colectivos, como el de huelga («no se puede ir a la huelga porque uno de la empresa ha cometido un delito», declaró en relación a un caso real); e ideó la figura del «cretino de izquierdas», el acomodado que pontifica mientras sectores de la población pasan serios apuros para llegar a fin de mes. «¿El Estado? Para mí, el Estado son los servicios que funcionan, las escuelas, los hospitales, correos, una especie de gran empresario de los servicios públicos».
Con la jerarquía eclesiástica también topó. Se lamentaba de la influencia que en las cosas del gobierno tenía el Vaticano. No obstante, se consideraba cristiano, y cuando un cardenal escribió para sus fieles que las ideas marxistas eran incompatibles con aquel modo de vida, con ironía le replicó: «Podríamos hacer un juego: exhortar a salvaguardar los valores de la dignidad de la persona humana, de la justicia y de la libertad. Si su mensaje consistiera en esta exhortación, ¿cree que los fieles entenderían que usted quiere conducirlos a votar por la Democracia Cristiana?». Los hechos, con el tiempo, le darían la razón.
Sciascia, que despreciaba las tramas y conspiraciones, paradójicamente se sirvió de ellas a menudo como hilo conductor de sus novelas de intriga, no exentas de calidad por otra parte, llegando Umberto Eco a atribuirle nada más y nada menos que la dignificación literaria del género. A través de ellas ahondó en los lazos que mantenían el poder y la mafia. Si Paolo Borsellino, juez asesinado en Palermo en 1992, escribió que «política y mafia son dos poderes que viven del control del mismo territorio: o se hacen la guerra o se ponen de acuerdo», Sciascia, treinta años antes, fue el primero en llamar la atención sobre estas connivencias al publicar ´El día de la lechuza´, a la que siguieron otras: ´Todo modo´, ´A cada cual lo suyo´, ´El contexto´, ´El caballero y la muerte´, ´Una historia sencilla´, … En ellas aparecen siempre, aunque revelados de forma misteriosa, los vínculos y nudos entre la organización gubernamental y la criminal, expresados, sin embargo, en vertiente anónima y difusa. Rasgos que, por otra parte, son propios de la delincuencia económica de hoy y que el escritor fue también pionero en denunciar.
En los últimos años de su vida, Sciascia mostraba un considerable desencanto al observar el paulatino empobrecimiento y degeneración de aquello en lo que creyó y defendió: la democracia, «palabra cada vez más vacía, no contiene ya la idea del derecho y de la justicia»; la prensa, «nuestra mentira cotidiana»; el Parlamento, «ha sido liquidado por los partidos: en vez de mil parlamentarios, aquí bastarían media docena de secretarios de partido»; la ecología, «todos tienen la boca llena de ella, pero el desastre sigue en marcha».
Esta decepción con seguridad se acrecentó con los duros ataques sufridos a raíz de un artículo que, en 1987, publicó en el Corriere della Sera, ´Los profesionales de la antimafia´. Arremetió, sin nombrarlos, contra los que utilizaban la lucha contra la mafia para prosperar en su carrera profesional. Se refería, entre otros, a los jueces Falcone y Borsellino, asesinados los dos, años después del fallecimiento del escritor, en sendos atentados. Dice Enric González, en las páginas de El País, que Sciascia «se suicidó socialmente» con ese artículo, y Gregorio Morán, en La Vanguardia, con sarcasmo, escribe: «Leonardo Sciascia, el crítico, murió en la cama, y los criticados por soberbios, avasalladores y egocéntricos, Falcone y Borsellino, en atentados mafiosos. La muerte, a menudo, coloca a cada uno en su sitio, por más que sea demasiado tarde».
No creo que Sciascia quisiera desprestigiar o subestimar a nadie, aunque probablemente no fue del todo consciente de lo temerario (y por una vez, frívolo) de su acusación. En cuanto a su lugar, será siempre una de las grandes referencias morales de Italia. Y es que si a Sciascia se le tuviera que poner un solo adjetivo, éste sería, por descontado, el de honesto. De él dijo Giulio Andreotti, fuera de toda sospecha en este caso, que «Sciascia fue uno de los hombres más libres que he conocido, y como tal, incómodo para los amigos y temido de quienes sólo aman los acomodos», y hace poco, el escritor Andrea Camilleri se refería a él y a Pasolini como «las dos grandes conciencias civiles» que faltan en Italia.
La convulsión provocada por el proceso Mani pulite o Tangentopoli, impulsado por el entonces fiscal Antonio di Pietro, supuso el fin de la Democracia Cristiana tal y como se la conocía hasta entonces. También del sólido Partido Comunista. Sin embargo, no parece que la Italia de hoy sea en esencia diferente de la que conoció Sciascia, quien ya tuvo ocasión de afirmar en su día que «Italia, cuna del Derecho, es hoy su ataúd».
Su fallecimiento en 1989 le privó de asistir al terremoto judicial y político. Y a nosotros de leer y comentar las aterciopeladas o afiladas colaboraciones con que solía obsequiarnos en sus frecuentes apariciones en la prensa. Pero podemos imaginar que su juicio sobre el devenir de su país (y de otros), le traería a la memoria la célebre frase de su incomprendido paisano, Tomasi di Lampedusa, en El Gatopardo: «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie».