Vi la llegada de la muy imputada Maria Antònia Munar a los juzgados para declarar ante el juez por un presunto caso de corrupción y recordé de inmediato una de las escenas de ´Dinastía´, mítica serie de los 80. En aquella época la comparaban con ´Dallas´ y decían que esa serie era una horterada en la que enseñaban cómo ganar dinero y en cambio en ´Dinastía´ mostraban cómo gastarlo. En la secuencia a la que me refiero, la malvada Alexis Carrington (una fascinante Joan Collins) juraba decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad (juás juás), enfundada en un ceñido traje chaqueta negro con ribetes blancos y tocada con una espectacular pamela. Bella y desafiante, como si en lugar de a un juicio asistiera a un cóctel.
El atuendo de la Munar, a pesar de las dos décadas que las separan, no difería mucho del de Alexis: traje chaqueta negro, taconazos y un fular que ondeaba a modo de bandera blanca. Con todo, las similitudes entre el estilo Carrington y el estilo Munar son más de actitud. La mallorquina llegó pisando fuerte, saludando con la mano incluso a los que la increpaban (unos pocos) y lanzando besos a los que la jaleaban (algunos más). Una auténtica diva que se enfrentó al juez con la misma alegría con la que yo acudiría a la entrega de los óscars. Estoy convencida de que si hubiera tenido que pasar, como otros políticos, por el duro trance de llegar esposada, los grilletes hubieran sido si no de diamantes por lo menos de Swarovsky.
Confieso mi admiración por nuestra clase política, que se enfrenta a todo tipo de acusaciones con un temple que para mí lo quisiera, yo que me pongo nerviosa hasta cuando voy a la comisaría a renovar el DNI (y no sólo porque tengo que confesar mi edad, que también, sino porque a mí me impone la autoridad). Este fin de semana he asistido con estupor al espectáculo de ver al siempre bien trajeado presidente valenciano Francisco Camps al volante de un lujoso Ferrari con mi tocaya Rita Barberá de copiloto y con Alonso y Massa en el asiento trasero. ¿Gürtel, eso qué es? Y en Barcelona, los catalanes asisten avergonzados al continuo goteo de millonarias facturas de los lujosos dispendios de Félix Millet pagados por el Palau de la Música. Y decía que no había dinero para que viajara el Orfeó Català...
En Eivissa, el presidente del Consell, Xico Tarrés, ha vuelto a declarar en los juzgados por el espinoso e intrincado asunto de Eivissa Centre, en el que entre grabaciones y abogados a la greña andamos todos ya más perdidos que en la isla de ´Lost´. Tarrés se mostró sobrio a su llegada, tanto en el vestuario como en la actitud, aunque el presidente nunca olvida un complemento indispensable: un Albert Prats que acude solícito a estos paseítos, a pesar de que en asuntos turbios de partido se supone que ni Eivissa pel Canvi ni su remozado código ético pintan nada. Algunos colegas míos ya cruzan apuestas para ver cuánto tarda Prats en afiliarse al PSOE. Aunque si lo que busca es auténtico glamour, que se apunte a Unió Mallorquina. No hay color.