En los mostradores de la compañía aérea, la gentil empleada indaga:
–¿Alguna preferencia de asiento?
–Póngame delante de alguien que tosa.
Y siempre lo consiguen. La exhibición de la tos contagiosa era hasta la fecha el único síntoma de rebelión ciudadana contra la gripe A, pero el amotinamiento ha subido de tono frente a la vacunación. Un Estado ha de preocuparse cuando sus ciudadanos se fían más de un virus que de las instrucciones públicas encaminadas a combatirlo. Para convencer a la parroquia de la inocuidad, habrá que vacunar a ministros, reyes y a la entera selección de fútbol. Las autoridades sanitarias generan más miedo que el H1N1, que ha ganado la moción de confianza cuando se le declara intrascendente por comparación con los edictos gubernamentales.
Los contribuyentes han decidido, sin necesidad de sustento estadístico, que si la palabra pandemia es excesiva para la gripe A, resulta atenuada para definir a políticos a quienes no comprarían ni un crecepelo. El desafío a las autoridades sanitarias es tan significativo como el rechazo colectivo a los mandatos de la conferencia episcopal, en sus momentos de esplendor. Resulta por supuesto accidental que se aireen las víctimas mortales coincidiendo con la campaña de vacunación, después de semanas en las que no se anunciaban las bajas del H1N1.
Ya no nos une ni el miedo. La objeción gripal es más valerosa que la fiscal, el ciudadano prefiere ser condenado por desconfiado antes que obedecer a un Gobierno que no desvela las cláusulas de sus contratos con las farmacéuticas, exoneradas en Francia de toda responsabilidad por los efectos secundarios de las vacunas. Ya hubo una gripe A en los setenta, y se interrumpió la vacunación porque causaba más víctimas que el mal. La ciudadanía recela antes de los gobiernos que de los virus, porque ha aprendido a distinguir las enfermedades de la plagas. Vacúnese si lo cree oportuno pero, ante todo, tosa con discreción.