La presunción de inocencia se hace presunción de culpabilidad cuando el registro a las propiedades de Matas se convierte en un espectáculo transmitido en directo. Acude un juez a registrar el palacete de Matas, acompañado de un ejército de guardias, con conocimiento previo de los medios de comunicación que los esperan como a estrellas de Hollywood, aunque sin alfombra. Dicen que tratan de demostrar un aumento patrimonial injustificado, y los datos más nimios de los registros se sirven como cotilleo para espectadores que, ávidos de detalles supuestamente bajo secreto de sumario, emiten su veredicto en comentarios por Internet: Matas a la cárcel, sus propiedades pertenecen al pueblo balear, oblíguesele a picar piedra durante años.
¿Quién dijo que la justicia era lenta en España? ahora tenemos justicia sobre la marcha. «Tenemos el jurado que queremos», comentaba Cicerón a un amigo en uno de sus contados coqueteos con la corrupción. El jurado que quieren algunos en este caso es un público informado al instante del número de televisores, marca de electrodomésticos y otros pormenores que en nuestra candidez creíamos protegidos por el derecho fundamental a la intimidad personal. Hace años, una revista se dedicó a fisgar en la basura de los famosos y publicar lo que desechaban en una abusiva intromisión en la intimidad de las personas. Ahora registran y publican, no la basura sino el domicilio completo. Y no lo hace un periodista sin demasiada ética: la sospecha de enriquecimiento ilícito de alguien que ha sido poderoso conlleva la minuciosa exhibición de sus pertenencias gracias a la actuación de un juez y la Guardia Civil. Aún ignoramos si los datos de los registros son objeto del estudio concienzudo y sereno por parte del aparato judicial con la marca que se supone a su profesionalidad: imparcialidad, objetividad y la presunción de inocencia esencial que ya queda rota en el momento en que los registros se hacen rodeados del aparato mediático que transmite los detalles más pedestres para que se haga juicio popular. Aparecen objetos impensados en el registro: parece haber olvidado Matas, hombre tan concienzudo, un CD cuyo temario conocemos también antes de que llegue al juzgado y que contiene veneno para el presidente del Consell de Ibiza. Tarrés reacciona como quien está al tanto de los avances de la investigación: «Llevo diez años en política y no me da para comprarme determinados televisores o escobillas de WC». Pobre, pero entonces ¿a quién beneficia este espectáculo? El jurado que quieren algunos no es propenso a dar al registrado y su partido la oportunidad de demostrar que sus bienes son suyos y no robados. Zarandajas, escrúpulos de un modo decadente de entender la justicia cuando el asunto se puede solventar en dos días de primera plana y telediarios.
La marca de la tele y la escobilla del WC de alguien que tiene Vega Sicilia en la bodega y una biblioteca son bastante para un jurado predispuesto. Registran además lo que parece salido del guión de ´la cena de los idiotas´: sombras en la pared donde tuvo que haber por fuerza obras de arte, y cables de conexiones de algún equipo desinstalado que salían nada menos que de la chimenea. Monstruoso. ¡A los leones! Pero no es la epiqueya amiga del espectáculo: los juicios perentorios de ese jurado popular y anónimo que algunos quieren y del que creen beneficiarse se convierten en la tumba de la credibilidad de una justicia que consiente o promociona estos modos de hacer.