Hace algunas jornadas leíamos en estos mismos papeles que en Ibiza y Formentera sólo el 3% de los alumnos de centros públicos estudia Religión, lo que nos sitúa muy por debajo de la media nacional. Con la particularidad de que, a más edad de los alumnos, mayor es su desinterés por la religión. Las causas de tal hecho son varias, complejas y aquí no cabe analizarlas, pero podríamos decir, simplificando mucho la cuestión, que desde los años setenta estamos inmersos en un proceso de secularización generalizado, imparable y galopante, que ha trastocado los llamados ´viejos valores´. En cualquier caso, tal como yo lo veo, entre los jóvenes no existe un rechazo directo y explícito del ´hecho religioso´ porque está claro que siguen buscando donde pueden sus propias creencias, ritos y mitos. Lo que rechazan, eso sí, son las formas religiosas tradicionales que cargaban las tintas en preceptos, misterios y dogmas, en la resignación y en aquello de que la vida es un valle de lágrimas. Pero dejando de lado el hecho fundamental de creer o no creer, el problema que quería plantear era otro.
Desde una posición agnóstica y pensando únicamente en el valor cultural y sociológico que, por tradición, tiene la religión en nuestra sociedad, es evidente que, si hoy se da entre nuestros jóvenes esta total indiferencia o desconocimiento del hecho religioso se debe a que algo hacemos rematadamente mal. Hablo del tremendo déficit cultural que supone desconocer un contexto que, queramos o no, está presente en todos los ámbitos de nuestra vida diaria y, de forma muy especial, en el lenguaje. Palabras como paraíso, pecado, infierno, Adán, diluvio, apocalipsis, maná, calvario, Matusalén, etc., están en el habla de la calle. Y desconcierta que jóvenes y no tan jóvenes –algunos van ya por la treintena– no nos entiendan cuando les decimos que menganito vivirá más que Matusalén, que en el vestir es un adán, que en este o aquel asunto se ha montado un belén, que Ibiza es una babel, que el abuelo tiene la paciencia de Job o que fulano es más malo que Caín. Lo que vengo a decir, en resumidas cuentas, es que en la educación hemos pasado de un extremo a otro, de un burdo, tristón y desfigurado adoctrinamiento a un preocupante analfabetismo religioso. Y tampoco es eso.