Tal como está el patio, los políticos deberían ser extremadamente cuidadosos en sus comportamientos, conscientes de que no basta con hacer bien las cosas, sino que es imprescindible explicarlas. Y explicarlas bien. Al político –que por su rol está en el punto de mira de quienes le votan y, más aún, de quienes no le votan–, no le basta con ser buena persona; debe parecerlo y despejar sospechas, suspicacias y recelos. Es absolutamente necesario, en fin, que no cree confusión en el ciudadano y ofrezca una gestión de total transparencia. La parrafada viene a cuento por las críticas que hace unos días le hacía el PP a nuestra alcaldesa por los gastos, supuestamente exagerados, en los que incurría su equipo de gobierno en sus frecuentes excursiones por esos mundos de Dios. Nuestra querida edil ha puntualizado el cómo, cuánto, por qué y para qué de aquellos gastos, haciéndonos ver que las cosas no son lo que parecen, ni lo que algunos se imaginan, ni lo que se dice para, sencillamente, fastidiar y zaherir.
Pero a renglón seguido hay que decir que muchos de los infundios que el político sufre no se darían si éste se aplicara en dar exhaustiva y detallada cuenta de sus cuentas –valga la redundancia– con el rigor exigible a su gestión. Dar razón de los gastos no debería ser para el político un argumento de defensa, sino una pauta normalizada, común y cotidiana, algo perfectamente exigible por el ciudadano que tiene todo el derecho a saber en qué se gasta su dinero. Y conste que uno se siente orgulloso de que nuestros políticos nos representen dignamente y no vería bien que viajaran en tercera, pernoctaran en pensiones de medio pelo y se quedaran con hambre en el almuerzo, pero lo contrario no sería de recibo.
Cuando el ciudadano tiene noticia de que menganito ha viajado a Budapest, Berlín, Zurich o Brasil, tiene la impresión de que el mundo se le queda pequeño y no acaba de saber si tan bonitas excursiones tienen justificación. Por eso sería conveniente que quien nos gobierna fuera escrupuloso en dar cuenta del gasto al ciudadano que, en definitiva, es quien paga sus facturas. Evitaríamos malos entendidos y críticas tendenciosas que no tienen por qué producirse.