La mayoría de los españoles desconfía de los políticos. Lo dice el último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas. Tras la preocupación por la situación económica y el paro –dedos de la misma mano– aparece como estigma y origen de preocupación la desconfianza en la actual clase política. Los ciudadanos opinan que los políticos son el problema, no la solución a los problemas que tenemos en España. No es más que una encuesta, pero revela un malestar de fondo inquietante.
Los numerosos casos de corrupción, la sensación de que faltan ideas claras para sacar al país de la recesión económica que padecemos, las pugnas internas de poder entre políticos y el conocimiento por parte del gran público de las gabelas de las que disfrutan los miembros de la clase política han ido erosionando la buena imagen de la Transición. Tenemos la ventaja de que, pese a la crisis y a los cuatro millones de parados, el Estado del bienestar todavía funciona y que la gente que lo está pasando mal no está desamparada del todo. Pero los síntomas de desencanto son preocupantes.
Voy a decirlo con claridad: tengo para mí que sin el paraguas de la Seguridad Social y sin los amortiguadores del sistema de pensiones estaríamos entrando en una deriva política populista. O de algo peor, como podría ser el nacimiento de un partido neofascista dispuesto a reclutar a los millones de ciudadanos que están hartos del paro y hartos de la corrupción de la política y de los políticos. Que tomen nota Zapatero, Rajoy y el resto del desdén, por no hablar del hartazgo, de los ciudadanos.