Pilar SANTACRUZ y Toni M. BONED / Jesús
Un día crees tenerlo todo: una pareja a la que quieres, dos hijos a los que adoras, y de repente… Todo empezó con un simple brillo, algo extraño que le vi a mi bebé en un ojo. Pasaron meses hasta que este hecho aislado se convirtió en una preocupación, hasta que me alarmé.
Nadie más parecía notar ese reflejo en su pupila, llegué a pensar que estaba paranoica. Pero no, una revisión al oculista nos hizo viajar hasta Barcelona para enfrentarnos al mayor miedo de un padre: nuestro hijo tenía cáncer.
Ahí comenzó nuestra odisea. Y sin darnos casi cuenta, estábamos en la consulta de Oncología Pediátrica del Hospital Vall d´Hebron, escuchando al médico decirnos que empezaría la quimioterapia en dos o tres días. Estuve llorando hasta que se me secaron los ojos, porque es desgarrador soñar con el entierro de tu propio hijo. Pero alguien ha de ser fuerte, y por un hijo haces lo que sea necesario.
No es fácil explicar en pocas palabras por todo lo que pasamos. Encontramos gente que nos ayudó a soportarlo, pero hubo tantas otras que nos dificultaron el proceso… y eso nunca lo podremos olvidar.
Vivir en una isla pequeña hace que en estos casos, al problema que supone la enfermedad en sí misma, se añada todo lo que suponen los desplazamientos continuos. Pasaron mil historias que se nos grabaron en la memoria: como aquella azafata que no nos permitía viajar con el niño en brazos porque ya había cumplido los dos años, hasta que después de aguantar más de diez minutos de gritos histéricos consintió porque le incomodaba escucharlo; o como aquella mujer mayor que en mitad de la Estación de Sants me sujetó del brazo para preguntarme que por qué llevaba al niño tan rapado. «¿Es que tiene piojos?», me preguntó. «No, señora, mi hijo está enfermo». «Ah, ya me parecía…». ¡Dios! El morbo no tiene límites.
Cuando no sabes si tu hijo vivirá o si quedará ciego, muchas otras cosas carecen de interés. Pero teniendo otro hijo de nueve años, no puedes vivir al margen del mundo. ¿Qué le explicas, cuando tú mismo no sabes qué pasará?
No superas los miedos, pero se hacen llevaderos porque tienes a tu gente alrededor. La familia y unos pocos amigos que aguantan tus neuras, tus momentos de flaqueza, tu rabia por todo y contra todo.
Han pasado más de diez meses, siete tratamientos de quimioterapia, un mes de radioterapia y muchas, muchas otras historias secundarias y, al fin, hemos recibido la noticia que tanto esperábamos. Y aun así, nos pilló tan de improviso que no supimos ni reaccionar. «Los tumores están inactivos», nos dijeron. «Hemos terminado. Ahora sólo queda esperar y hacer controles frecuentes para vigilar que no se reactiven».
Nos pasaremos años con esos controles. De momento, seguimos teniendo que viajar a Barcelona cada mes para hacerlos, pero sabemos que hemos ganado una batalla importante. Mi hijo cumplirá esta semana tres años y lleva más vivido que muchos adultos.
Y para demostrarlo le queda una ceguera casi total en un ojo y una mirada de anciano. Ya jamás veré en él esa mirada de ingenuidad que encuentro en todos los demás niños de su edad, pero aun así ¡hay tanta vitalidad en sus ojos! Y cada sonrisa suya me da un motivo para gritar de alegría.
Desde aquí queremos dar las gracias a todos los médicos, enfermeras y demás personal hospitalario, que trataron a nuestro hijo con tanto mimo. Y en especial a los doctores Galván y Boned, por ayudarnos cuando estamos en la isla; a la doctora Martín, la oftalmóloga, que le sigue tratando; a la totalidad del servicio de Oncología Pediátrica, encabezado por el doctor Gros; y también al servicio de Radioterapia, ambos del Hospital Vall d´Hebron. A la Asociación Contra el Cáncer de Ibiza y a la Fundación Ronald McDonald.
También queremos agradecer al señor Albín, a las Direcciones de Enfermería de Can Misses y de Cas Serres, y a aquellos compañeros que nos ayudaron a compaginar nuestros trabajos con los viajes y cuidados a nuestro hijo.
Y a nivel personal: gracias a Toni, Ana y Emi, por estar siempre ahí. A nuestras familias, ¿qué haríamos sin vosotros? A la Tata y José Luis, por acogernos siempre con los brazos abiertos. Gracias, Manel, por darnos tantas alegrías. Gracias a todos aquellos que nos ayudasteis en los malos momentos. Y a ti, mi amor: ¡feliz cumpleaños! ¡Y que cumplas muchos más!