Hay tantas causas solidarias como concursos de cuentos. Si un escritor corriente puede vivir de ganar premios literarios, una mala conciencia de tipo medio puede aliviarse contribuyendo, sin gran costo, a tres o cuatro causas justas. Si el escritor que vive de los concursos es el mismo con mala conciencia, bastará que entregue el 5% de lo que gana con sus galardones a un par de ONGs para sentirse a gusto consigo mismo y con la sociedad. Tales son los beneficios secundarios del imperio del mercado. Vivimos, pese a la crisis, en un mundo donde hay de todo: frutas, pastas, relojes, ropa, libros, poemas, pero también pústulas, llagas, pobreza media y miseria, por no citar la espiritualidad, el satanismo y los extraterrestres, cuyas cuotas de mercado no dejan de crecer.
Quizá, de hecho, haya un exceso de oferta. Entras en una librería y no sabes qué llevarte, porque tropiezas en la mesa de novedades con doscientos títulos de los que nadie te ha dicho nada. Vas al supermercado y está la sección de frutas repleta de productos exóticos que ni siquiera sabes cómo se pelan. Te detienes cinco minutos en una esquina y te ofrecen cincuenta drogas ilegales diferentes. Preguntas en la farmacia por un fármaco para bajar el colesterol, y no hay uno, hay cinco mil, con sus cinco mil prospectos. ¿Te gustan las realidades fuertes, indigestas? Compra un periódico, uno cualquiera, y sigue las intrigas de la política, los episodios de la corrupción, los capítulos de la lucha por el poder.
Un exceso de oferta, decíamos. También si buscas razones para vivir hay siete mil, y otras siete mil para matarte. A primera vista, da la impresión de que toda esa abundancia es buena, pero en el fondo desconcierta. Los seres humanos, como los inhumanos, necesitamos ciertos límites, precisamos de alguien que nos diga de vez en cuando «esto es lo que hay» para poner nuestras energías en una sola cosa. Por volver al principio, está bien que haya tantos concursos literarios como causas solidarias, pues te permite desviar los fondos de un lugar a otro. Mover el dinero siempre es bueno, aunque muchos escritores son incapaces de escribir dos líneas sin mala conciencia. Total, que no sabe uno qué hacer.