Vamos, digo yo...
Todo llega y todo pasa, porque lo nuestro es pasar». Nadie como los poetas para hablar del tiempo, del amor y de la muerte. Su lenguaje intemporal mantiene la vigencia por los siglos de los siglos. He pasado una mala temporada con dolencias de vieja. Aquí donde vivo ahora es el pan nuestro de cada día. Es frecuente que alguien desaparezca, pero nadie comenta el tema, son de una delicadeza, un respeto y una consideración extraordinarios. He estado pachucha, como digo; un día saldré volando de la habitación porque me han preñado hasta la saciedad de oxígeno para combatir una tos que me ahogaba. Ni dormía ni descansaba, y me temo que a los demás tampoco les dejaba estar tranquilos. Soy vieja, lo sé. Una vieja atípica. ¿Por qué cuanto hago y sobre todo cuanto pienso y siento tiene que ser a la fuerza ´atípico´? Naturalmente esto es una vanidad estúpida como la copa de un pino. Alguien dijo que éramos irrepetibles. Yo parí dos veces gemelos, y entre ellos no se parecen en nada, ni en carácter ni en aficiones ni en temperamento. En algún sitio leí –¿cuándo lograré ordenar todo el berenjenal que tengo en el coco?– que nadie tiene el mismo número de cabellos. ¡Qué tontería, como si fuera posible que alguien se pusiera a contarlos! Los poetas, para hablar de ´lo infinito´ o ´interminable´ o ´incontable´, lo comparan con las estrellas del cielo o, lo que es más diabólico, con la arena del mar. Banalidades.
Mis días se parecen unos a otros, pero sólo superficialmente, en el exterior, en el escaparate como si dijéramos. Lo que ven los demás, sumando nuestra propia experiencia. Neruda, uno de mis amores poéticos, como casi todo el mundo sabe, dijo que «nosotros, los de antes, ya no somos los mismos...», y esto lo he creído a pies juntillas durante muchos años. Ahora, como de otros muchos temas, tengo sobre todo dudas. Parezco tan terminante, tan segura, parece que sé tanto de casi todo, que doy el pego, porque los demás se conforman con la apariencia: pero ya Aristóteles dijo que éramos materia, que es el cuerpo (lo que se puede contar y medir), y ´forma sustancial´, que es preferentemente el alma. Ahora hay medios, recursos, instrumentos o, si ustedes quieren, trucos más o menos directos para saber lo que somos por dentro. Nosotros somos los primeros en no saber cómo somos en realidad, por dentro (¿dentro?). El psicoanálisis es uno, complejo, alambicado y de larguísima duración: estás o deberías estar toda la vida psicoanalizándote, y al final te notas pequeñas desigualdades, o mejoras, o simplemente cambios.
Aquí hay varios enfermos de alzhéimer, y a mí me llaman poderosamente la atención. ¿Dónde se paró de repente ese mecanismo llamado conocimiento, razonamiento, memoria? ¿Dónde han quedado en el tiempo, inmóviles, inactivos o, si ustedes quieren una palabra que está muy en boga, ´inoperantes´, no operativos? Tuvimos una viejecita, ibicenca, que perdió el rumbo y la trajeron a la residencia («Mi voluntad se ha muerto una noche de luna...», diría Manuel Machado) y andaba diciendo que si la sacaban de aquí, «regalaba un millón de pesetas y media docena de huevos». ¿Qué nuevo y disparatado valor habían cobrado las cosas en otro mundo desconocido?