Haber conocido a Sabino Fernández Campo justifica una opción profesional. Es el octogenario más joven que he entrevistado, y no sólo porque vistiera vaqueros, sino porque rechazaba cualquier privilegio anejo a su desempeño. «He aprendido que la experiencia sólo sirve para comprobar que la experiencia no sirve para nada». Bastaba exponerse unos minutos a su lucidez imperturbable y sardónica –«el ´se sienten´ de Tejero es gramaticalmente incorrecto»– para comprobar que era la persona que los poderosos necesitan a su costado. Y cuando excepcionalmente la encuentran, se desprenden de ella a instancias de Mario Conde porque les incomoda. En palabras del general y cardenal, «se urdió una trama para sacarme de la Casa, me pude haber ido de otra manera. El Rey sabe sacrificar a las personas que no le son útiles. Los grandes personajes están más acostumbrados a los aduladores, a quienes les va mucho mejor que a mí».
La entrevista transcurre en 2001 lo cual, en lugar de conferir una pátina otoñal a las palabras del sabio Sabino, les otorga un valor premonitorio. «El Rey no puede admitir regalos como un yate, se crea una obligación». Y resaltaba que la negativa debía ser firme con independencia del desinterés de los obsequiosos. Nunca daba la monarquía por consolidada, sino que resaltaba que Felipe de Borbón debería ganarse desde cero el prestigio adquirido por su padre. De lo contrario, «es fácil que se tuerzan las cosas, porque estamos jugando con un poder simbólico».
Al margen de las notas que guardaba para protegerse de la calumnia, se lleva a la tumba los secretos del 23-F. «Entenderé el golpe cuando pasen veinte años más, ya desde el otro mundo». Al repasar el catálogo de protagonistas de la transición, Fernández Campo ofrece paradójicamente un excelente perfil de presidente de una República –«la sangre azul ha pasado de moda»–. Si embargo, «me gusta la sombra», y ejerció ese papel fértil por umbrío a la vera de una magistratura del Estado que ahora se queda sin sombra. Es decir, a oscuras.