La llegada del turismo de masas que dio al traste con el mundo agrario tradicional nos colocó en una crítica situación, prácticamente inevitable, en la que se diluían los antiguos valores y algunos aspectos esenciales que nos definen como pueblo. Aquella debacle no pudo evitarse porque se trataba de manifestaciones populares estrechamente ligadas a modos de vida que estaban desapareciendo. Algunos años después, sin embargo, por el empeño de algunos, la milenaria cultura de nuestras islas, como un viejo árbol de profundas raíces, sorpresivamente, empezó a reverdecer. Y aunque al principio parecía que las manifestaciones populares recuperadas –particularmente, las músicas y los bailes– eran sólo una creación testimonial y artificiosa para turistas, una cosa llevó a otra y lo que finalmente ha sucedido es que, con el paso de los años, prácticamente todos los núcleos urbanos de la isla –incluso los más pequeños– disponen de talleres de cultura popular, grupos de teatro y colles de ball que no sólo mantienen algunas viejas artesanías, sino también la indumentaria tradicional, las músicas, las canciones y los bailes.
Y hoy ya no importan tanto las ´representaciones´ que podamos hacer para mostrar nuestro milenario folclore a los turistas, sino las fiestas que, un día aquí y otro allá, durante todo el año, reúnen festivamente a los vecinos de los pueblos en el entorno de una plaza, de un pozo o de una fuente. Ésta es, por espontánea y verdadera, la recuperación que más nos interesa. Estos últimos días, por ejemplo, hemos tenido celebraciones en Sant Miquel, el Pilar, Sant Rafel y es Cubells, donde actuaciones como la de Falsterbo e Isidor Marí consiguieron emocionarnos; o ballades como la del Pou d´en Micolau, donde pudimos oír una emotiva glosa que seguramente hizo un abuelo pero que recitó con aliento un niño de sólo seis o siete años. Noches mágicas, en fin, que agradecemos en este otoño que nos está deparando, como corresponde, un poco de todo, lluvias y bonanza.