MATÍAS VALLÉS

Pobre Gobierno

 
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El Gobierno no puede apretarse el cinturón sin incurrir en estrangulamiento. La publicación del patrimonio de los ministros es el mejor argumento de que dispone Zapatero para subir los impuestos al resto de la población, aun aceptando que la vicepresidenta Elena Salgado –casi un millón de euros– sustituyó por fin a Pedro Solbes al defender con soltura los presupuestos bajo su aparatoso peinado-pamela. A la vista de las esmirriadas propiedades de la mayoría del gabinete, sus integrantes son los únicos españoles que no han sucumbido a la tentación de dejar de consumir para sumarse al ahorro indiscriminado. Una docena de titulares de carteras, incluido el propio presidente, se hallan a un paso de despeñarse en la miseria. Con esas cifras, cualquier recorte en el presupuesto de sus departamentos equivale a a una tragedia personal.
Bajo un prisma optimista, los ministros acostumbrados a lidiar con las estrecheces de su vida personal están avalados por la experiencia a la hora de administrar un país en crisis. La publicación de los patrimonios demuestra que las fortunas ministeriales sólo se amasan cuando los miembros del gabinete son destituidos, y amarran un asiento en el consejo de Telefónica. Entre los comentarios que ha suscitado el arranque de transparencia de Zapatero, no abundan los análisis que registran la palpable sensación de decepción ciudadana. En lugar de confortarla mediante la evidencia de que su Gobierno no tiene por objeto el enriquecimiento personal, la pobreza ministerial ha aumentado la intranquilidad de la población. Cuesta decirlo, pero nadie quiere ser más rico que su ministro. Por tanto, se impone evitar la publicación de listas similares sobre los patrimonios del Tribunal Supremo, el Constitucional o la Casa Real.
Algunas declaraciones ministeriales son tan humildes –69 mil euros para Chaves con casa incluida, 70 mil euros de deuda para Bibiana Aído– que ni siquiera pueden ser mentirosas. De hecho, no cabe descartar que algún ministro haya inflado su patrimonio, en un rasgo de orgullosa hidalguía para disimular sus carencias económicas, y a falta de decidir si ese embellecimiento incurre en una forma de corrupción a la inversa. La zozobra que suscitan los enclenques patrimonios se debe a que difícilmente enderezará la fortuna de un país quien no ha sabido gestionar la propia, puesto que no hay etapas de desempleo en el currículum del gabinete. Es decir, sobre una parte sustancial del Ejecutivo se cierne la acusación de dilapidar el dinero, una pésima tarjeta de recomendación en plena crisis.
Los patrimonios escuetos de los ministros dañan la proyección exterior del pobre Gobierno. Las risitas en el Despacho Oval, cuando Obama recibió a Zapatero, pudieron deberse más a su fortuna de calderilla –120 mil euros– que a su desconocimiento del inglés. En Estados Unidos, el músculo financiero de Schwarzenegger es tan importante como su pasado de culturista y de acosador. Lo mismo sucede con el magnate Mike Bloomberg, alcalde de Nueva York que, con 15 mil millones de euros en su morral, posee un patrimonio equivalente a tres mil ministros españoles. Y Obama es el primer presidente negro, pero no el primer presidente pobre de Estados Unidos. Los ingresos anuales del matrimonio que reside en la Casa Blanca equivalen a los cuatro millones de euros atesorados por la riquísima Cristina Garmendia.
Los moderados patrimonios del gabinete cuentan con la excepción ya destacada de Garmendia, que podría comprarse un Gobierno para ella sola. Tiene más posesiones que la suma de otros quince miembros del ejecutivo. Al tratarse de una mujer, queda claro que los designios paritarios de Zapatero involucran a las magnitudes económicas. El singular recorte en el departamento de Ciencia e Innovación, donde el I+D pasará a denominarse I–D, debe atender a motivaciones psicológicas en torno a la riqueza de la boyante ministra, que ha ganado aprecio entre la ciudadanía por el notorio rendimiento extraído de su carrera laboral.

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