Andrés ABERASTURI 

El presidencialismo de ZP

 
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Ya no son los enemigos ni quienes intentamos muy seriamente contemplar el panorama nacional desde esa atalaya cada vez más vacía llamada independencia. Alguien tan poco sospechoso en principio como el ex ministro Carlos Solchaga ha dicho lo mismo que algunos venimos sosteniendo desde hace tiempo no sin tristeza: «Zapatero vive en un mundo presidencialista en el que trata a todos como secretarios». Y esa parece ser la lamentable realidad. Uno no termina de explicarse muchas cosas: cuando ZP apenas si tenía opciones de convertirse siquiera en secretario general, las maniobras de unos pocos le llevaron a tan importante puesto y muy poco tiempo después y contra todo pronóstico –no merece la pena volver sobre lo ocurrido– fue elegido nada menos que presidente del Gobierno. Desde ese momento su quehacer empezó a dar claros síntomas de una especie de iluminación que le llevaba irremediablemente a tomar decisiones que nadie le había pedido, que no estaban en su programa electoral y que la sociedad no necesitaba. Eran tiempos de vacas gordas y todo parecía sonreír al joven leonés al que apodaron ´Bambi´ y que con un par de lecciones de economía que nunca sabremos si le llegó a dar Jordi Sevilla o no –todo parece indicar que no– se dispuso nada menos que a hacer la «segunda transición». Fue eliminando a los protagonistas de la primera en su propio partido y rodeándose más de gestos que de inteligencias. Comenzó a gastar el dinero sin demasiada coherencia, reabrió de forma brusca y sin contemplaciones el problema de la financiación de las autonomías que mal que bien iba funcionando y decidió pasara a la Historia como el presidente que acabó con ETA por las buenas (en el sentido estricto).
Luego pasó lo que pasó y las vacas enflaquecieron de pronto y mientras todos veían el desastre, él se empeñaba en negarlo y aun seguía tomando decisiones en contra del criterio de todos los expertos, incluido su ministro de Economía, que, harto ya de estar harto, se marchó o le marcharon, que tanto da, como antes se habían ido otros. La reacción del joven presidente leonés ante estas deserciones fue más de alivio que de preocupación. Rodeado por una casta de aduladores terrenales, hizo nombramientos incomprensibles que lo elevarían a escala planetaria y creo ministerios de ensueño, como si gobernar un país fuera una carrera para entrar en el libro de los records. Ferraz dejó de ser una sede para convertirse en una pequeña sucursal de La Moncloa y en La Moncloa cada viernes se sentaba un Gobierno para escuchar a su presidente y no un presidente dispuesto a escuchar a un Gobierno. En su extraña iluminación ZP parece ignorar que antes de él hubo un antes que todos nos costó mucho traer y que su herencia sólo deja, por ahora, números muy rojos para las generaciones que vienen, blindajes imposibles y frases huecas.
El presidente vive en su propio mundo iluminado por él mismo y pretende que la realidad se acomode a sus planes. Nadie de los suyos le va a decir que esa luz no es la luz de la realidad y siempre contará con un coro de acólitos que le bendigan. Sólo una pregunta me asalta con tristeza en esta hora: ¿Qué fue del Partido Socialista Obrero Español?

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