La extraordinaria bonanza que ha seguido a las primeras lluvias ha conseguido que en las salinas, aljibes y charcas revivieran las larvas de los mosquitos que prácticamente habían desaparecido y que, por así decirlo, se han puesto las botas con nuestros cuerpos serranos que, por mor del desacostumbrado calor, andaban aún descamisados, en calzones cortos y sin mangas en los brazos. Literalmente, nos han acribillado. Y de poco ha servido que nos untáramos los miembros y la cara con productos ad hoc para espantarlos, porque de su letargo han salido hambrientos y criminales. Luego he sabido que este ataque masivo que nos ha cogido por sorpresa no es algo que los malditos insectos hagan para jeringarnos, sino que tiene motivos estrictamente sexuales, pues son sólo las hembras las que nos clavan su aguijón para chuparnos una sangre que precisan para reproducirse, hecho que me hace pensar en las monumentales orgías que se han montado a nuestra cuenta. Y he sabido también que cuando toman por asalto nuestras carnes, nos inyectan un efectivo anestésico para que no sintamos el alfilerazo hasta instantes después, cuando el bichito ya se ha ido con la barriga llena y nosotros empezamos a notar un habón que nos pica endemoniadamente.
Y no ha sido menos molesto el despertar de las moscas. Algunas, supersónicas en su volar y diminutas. Otras, cojoneras y enormes, moscardones de zumbido amenazador. El caso es que estos últimos días han adquirido tal protagonismo que su invasión ha sido noticia en tertulias y noticiarios. Y era de ver al personal, en las casas y en los restaurantes, al intentar cazarlas, darse tremendas bofetadas y papirotazos en las carnes. Inútilmente, porque matábamos una y llegaban otras tres a fastidiarnos. Durante unos días, en fin, ha sido imposible leer, escribir, comer y dormir relajadamente. Y tampoco ha servido de nada colocar limones abiertos con una punta de clavo o usar velas para ahuyentarlas con el humo. Sé que moscas y mosquitos nos sobrevivirán, pero sigo sin saber para qué sirven. Y que no me hablen de biodiversidad los ecologistas, porque yo seguiré, si acierto a darles con una palmada o manotazo, persiguiéndolos a muerte.