El accidente de tráfico que costó la vida esta semana a un chaval de 16 años y dejó malherido a otro de 15, arrollados ambos por un coche conducido, según la Guardia Civil, a «gran velocidad» por un joven drogado, ha conmocionado a los amigos, compañeros y conocidos de las víctimas, que han volcado públicamente su dolor y su cólera en cientos de comentarios tanto en www.diariodeibiza.es como en las agitadas redes sociales de Internet. Pero no sólo a ellos: la mayoría de los ciudadanos compartimos su misma indignación por este suceso. La carretera causa muchísimas tragedias, pero las que siegan prematuramente vidas de niños y adolescentes golpean particularmente nuestra sensibilidad, y más si son provocadas, como presumiblemente ha ocurrido en este caso, por un conductor alocado e irresponsable que se pone al volante de su potente coche bajo los efectos de la cocaína y el hachís.
Conducir con las aptitudes psicofísicas mermadas por los estupefacientes, es tentar a la suerte, jugar a la ruleta rusa, poner en riesgo su propia seguridad y la de quienes tienen la mala fortuna de cruzarse en su camino. Y en estas condiciones, si acaba ocurriendo una desgracia como la que mató a Jérôme, decir únicamente que fue un accidente o una imprudencia es emplear eufemismos demasiado compasivos que no reflejan lo que verdaderamente ocurrió.
Estos días centenares de jóvenes allegados de Jérôme y de David –hospitalizado aún– han transformado su dolor en rabia y su rabia en exigencia de justicia, que es lo mínimo que han de lograr. Les han llorado, se han solidarizado con sus familias, se han manifestado en la calle, se han rebelado inútilmente contra el destino dramático que les aguardaba esa noche en la carretera cuando volvían de recoger una pizza. Es lógico que hayan reaccionado así. Pero esa misma rabia y esa misma rebeldía sería más útil si la volcaran contra lo que a fin de cuentas realmente mató y malhirió a sus amigos, y puede seguir haciéndolo hoy mismo: las drogas y sus efectos.
La experiencia que han vivido es una cruda lección sobre las consecuencias irreversibles que pueden provocar las drogas y sobre la facilidad con que arruina las vidas propias y las de otros. El trance por el que han pasado debería inmunizarles, alejarles para siempre del entorno de la droga, pero este fin de semana miles de jóvenes ibicencos volverán a consumir o a coquetear con el alcohol, las pastillas, la cocaína o el hachís como estimulantes de su diversión, y algunos de ellos tal vez habrán participado, sinceramente compungidos y furiosos, en la manifestación del viernes o en los foros de Internet donde canalizan sus sentimientos e inquietudes.
El mejor tributo que todos sus compañeros podrían dedicar a Jérôme y a David es luchar contra lo que indirectamente les ha arrebatado la vida y la salud, convertirse en activistas de la diversión responsable y sin aditivos, hacer ver a quienes en su entorno se acercan al abismo lo cerca que están de ser algún día como el conductor al que ahora tanto desprecian.