En su carrera hacia la infelicidad los ejecutivos españoles de banca se han subido el sueldo el 50%. Ellos deciden cómo recompensarse, altos de autoestima o bajos de respeto a los demás. Desde la abolición del fuego como elemento de equilibrio social ¿por qué van a respetar a nadie? Este es el juego y ellos son sus campeones. Gana la banca. Me subo los ingresos, te subo las tarjetas y me quito de delante a este incordio con varios millones de euros vuestros.
Los discursos posteriores a la abolición del fuego son inmejorables. El psicológico de «las cosas no se pueden cambiar; la percepción, sí» es ideal para la invalidez, sea física, psíquica, social, gubernamental o tributaria (no se pueden limitar los beneficios ni recaudar entre las grandes fortunas, si les subes impuestos se llevan el capital...).
Dado que el dinero no da la felicidad, pensemos que la felicidad no da dinero pero es riqueza. España fue un país de pobretes alegres. No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita: camiseta, fruta del árbol y a bailar. Alegría. Los intereses creados crearán necesidades y obligaciones: la camiseta, de marca;coger la frutita es robar a la marquesa y bailar, en la discoteca.
Sarkozy, que llegó a presidente de Francia gracias al rencor social de ser el más pobre en un entorno de ricos, quiere acabar con la religión del número y dar con el PIB ese de la felicidad. Como en el mundo que olvidó el fuego la riqueza no se redistribuye sola hay que encontrar medidores que den para un algo per cáapita y alivien a la República.
Cuando estamos convencidos de que la felicidad sí da la felicidad llega el premio Nobel Orhan Pamuk y declara que «la felicidad no lo es todo en la vida». No hay salida porque no nos gusta el fuego.