Un preso islamista sacaba literalmente los ojos a las mujeres que veía retratadas en las revistas españolas, en interpretación estricta de la ortodoxia de su fe. Esta manía fue valorada como un rasgo de peligrosidad y animadversión, anotado en su historial presidiario. Sin embargo, la sociedad inquietada por este comportamiento alienta simultáneamente la escisión ocular, mediante la tecnología del pixelado, de los niños que aparecen en sus publicaciones. Para redondear la paradoja, la medida se coloca bajo el mismo manto de la seguridad ubicua que aconsejó efectuar un seguimiento metódico del mujaheddin extirpador.
Sería fácil alcanzar el consenso de que todos los niños merecen a ratos ser pixelados, borrados literalmente de la faz de la Tierra y de la interfaz de las pantallas. La difuminación aspira a protegerlos de su entorno, pero ¿alguien ha visto a un niño abandonando la videoconsola para concentrarse en las páginas de ¡Hola!? Además, no conviene excederse en el espíritu crítico hacia la infancia y, sobre todo, hay que abandonar el celo de restringir esta higiénica medida, que debería ampliarse con generosidad a las edades inofensivas.
Los dos grandes enigmas de la prensa people son la ausencia de televisores en los reportajes de las mansiones de celebridades y la desaparición de los ojos en los niños. El efecto terrorífico sólo se acentuaría si se les superpusiera la cara de un adulto. Sin embargo, hay que promover un pixelado para todos los públicos. Cuánto ganaría la prensa del corazón si emborronara las facciones de Tita Cervera o Fran Rivera, por aproximarse al pareado. Adquirirían la misteriosa dimensión mítica, la sombra de la seducción.
Hasta ahora, a las celebridades adultas sólo se les extirpan tecnológicamente los sobrantes de grasa. La resolución del ageism o discriminación por edad en el pixelado no debe conducir a nuevos privilegios por especies. Hay que ampliarlo sin miedos a los mamíferos no antropomorfos, inocentes del protagonismo de sus dueños. En cambio, se ha de proscribir la aplicación de esa técnica a funcionarios policiales y demás ciudadanos anónimos, a quienes se niega injustamente la cuota de popularidad. Una prensa rosa codificada, donde haya que entrever a personajes a quienes no queremos ni ver, saldría de la rutina y agilizaría nuestras mentes, al introducirnos en el sugestivo arte de la adivinación.