Sólo el país que más gasta en rifas, loterías y juegos de azar podía echarse a la calle con la ilusión de que le tocara la Olimpiada de 2016 y sus tesoros. En realidad, no fue el país, sino Madrid únicamente, y ni siquiera Madrid, sino la parte más manipulable de su población, la celebración que se desarrolló en la Plaza de Oriente mientras el COI decidía en Copenhague. ¿Qué se celebraba? ¿El derroche de los 600 millones de euros que al parecer ha invertido Gallardón, bien que no de su bolsillo, en la candidatura? ¿El incremento en esa cantidad de la enorme deuda del Ayuntamiento de Madrid? Por anticipado, como siempre, que íbamos a ganar, como Rosa de España en Eurovisión, pero ¿qué diabólica estrategia publicitaria de lavado de cerebro pudo convencer a los figurantes de la Plaza de Oriente de que en ese ´íbamos a ganar´ estaban comprendidos ellos? De ganar, habrían ganado los que siempre ganan, esto es, las empresas constructoras, los amiguetes organizadores de ´eventos´ y los comisionistas, quedando la calderilla de algunas peonadas para los entusiastas anónimos del 2016.
Pero los que podrían haber ganado se llevan, para endulzar el fracaso, su premio de consolación: algo de esos 600 millones de euros que se han gastado en cosas perfectamente inútiles para una sociedad empobrecida, devorada por el paro, los embargos y las subidas de impuestos. Sólo el viajecito a Copenhague de tanta gente, con sus vuelos, sus hoteles, sus escoltas, sus comidas, sus dietas y sus historias, costó un dineral, pero ya se ve que donde se pulen sumas astronómicas no es en Educación, ni en Ciencia, ni en Cultura, ni en Sanidad, sino en lotería, eso debe parecer la cosa más natural. Pero no es natural.