Cuando me enteré de que el Gobierno de Zapatero subía los impuestos (después de haber dicho hace unas semanas que no iba a hacerlo) para intentar tapar los agujeros provocados por la crisis (que hace unos meses negaba), me entró la ansiedad. En un primer momento, pensé en tirarme a la bebida pero, maldita sea, sube el IVA del alcohol. Vale –me dije– pues vuelvo a fumar... Ay, no, que también sube el tabaco. De acuerdo, me hincharé a caramelos. Y va Mariano Rajoy y suelta que las chuches también suben (qué perra le ha dado a este hombre con el mundo infantil). ¿Qué hacemos para calmar nuestra angustia vital, mascar rape, esnifar pegamento (también sube), escuchar la discografía completa de Julio Iglesias, salir de marcha con el concejal Joan Rubio? Porque de alguna manera tenemos que calmarnos después del disgusto, digo yo. Que esta noticia, así, a palo seco, no hay quien la digiera.
Sólo hay un detalle que consigue animarme un poco. Dice el presidente del Gobierno que esta subida de impuestos afecta sólo a los poderosos. Como suben desde los alimentos (menos la leche y el pan) a las lentillas, pasando por la peluquería, la vivienda, la hostelería y la restauración, el transporte y hasta los servicios funerarios (la opción del suicidio también queda descartada, ¡no hay escapatoria!) deduzco, con las pocas neuronas que me van quedando por la edad y el desgaste que toda intelectual padece, que no pertenezco como creía a la típica, sosa y aburrida clase media, sino que por obra y gracia de un Gobierno socialista me encuentro ahora, al igual que ustedes, amigos lectores, entre los ricachones del país. Ahora ya puedo codearme con los Botín, los Ortega y los March. Porque yo lo valgo (gracias, Elena Salgado).
A pesar de los intentos del Gobierno por hacer que esta rueda de molino que nos hacen tragar nos parezca un mentos, lo cierto es que al Ejecutivo le llueven las críticas. En Ibiza, el sector hotelero anda revolucionado por unas medidas que consideran que van a afectarle de manera muy negativa, y hasta los sindicatos han despertado de su letargo para criticar una subida de impuestos que va a repercutir en los sectores más desfavorecidos. Incluso el Govern balear, por boca de su portavoz, la siempre mesurada Joana Barceló, ha mostrado su preocupación por las consecuencias que tendrá la medida para el sector turístico. Sólo el Consell, más zapaterista que Zapatero, ha defendido la decisión. Patricia Abascal, consellera insular de Bienestar Social, ha declarado: «El dinero tiene que salir de alguna parte». Estoy de acuerdo. De hecho, a mí se me ocurren unos cuantos lugares e incluso nóminas de donde sacar pasta para que, por lo menos en la isla, vayamos tirando. Y sin salir del Consell. Claro que yo sé lo mismo de economía que la consellera Abascal. ¿Alguien me pasaría unas chuches de estranjis?