Hay personajes en la política española para quienes los votos no son una exigencia, sino una guarida. Uno de ellos es Camps, que emplazado a dimitir por su presuntísima relación o responsabilidad política en los casos de corrupción, cohecho, tráfico de influencias y financiación ilegal de su partido, esgrime sus últimas y exitosas comparecencias electorales para dar, con ellas, por «liquidado» el asunto. Convierte así a sus votantes en una suerte de cooperadores necesarios que, al ser muchos, consagran y legitiman con su número las eventuales villanías que los tribunales sustancien en su día. Pero Camps, en su huida hacia ninguna parte, no se conforma con esa miserabilización de la democracia y del sufragio en su feudo, sino que vincula nada menos que el futuro de España a que le dejen en paz, esto es, que el futuro de España será estupendo si se le deja tranquilo,pues, de lo contrario, la anti-España se apoderará de él inexorablemente.
Esto de apropiarse de España, y no sólo del nombre, no es nuevo en la carcundia y la reacción españolas, cuyo sentido patrimonial de la Historia se proyecta tanto al pasado como al presente y al porvenir. En ese futuro que podría pintar bien para el PP, más por el desgaste y los errores de sus adversarios que por méritos propios, quiere estar Camps, no quiere perdérselo por nada del mundo. España, para Camps y para todos los Camps que pueblan, y no únicamente en el PP, la política española, es un traje a medida que, en consecuencia, sólo le cae bien a uno. Lo peor que podría pasar, no obstante, es que la España de Camps siguiera teniendo futuro.