Gracias al actor Paco Martínez Soria, al cineasta Pedro Lazaga y a ´¿Qué hacemos con los hijos?´ sabemos que cuando éramos pequeños también había preocupación por nuestra crianza. Eran los tiempos del ´conflicto generacional´ que simplificaba las cosas con un criterio de edad. Ahora la pregunta –¿qué hacemos con ...– se mantiene, aunque más en singular y con género. Aunque la media diga que dos españoles no logran dar dos hijos sigue presente el argumento, de ácaros inequívocamente eclesiásticos, de que no tener descendencia es egoísta.
Aunque se legisle la conciliación de la vida laboral y familiar, fuera de la función pública se ajusta mal porque en España hay mucho que hacer durante muchas horas para cobrar y rendir menos que el resto. Así son las sociedades familistas: ayudan menos a la familia, sea papá Estado, sea un empresario familista (de su familia). La familia está ahí desinteresadamente y lo que da no se paga. Hoy no puedes tener un hijo sin que entre en una categoría creada por un experto en márketing, un psicólogo escritor, un sociólogo mediático o un pedagogo influyente y la criatura sea tween, ´niño agenda´, ´niño llave´ y otras acuñaciones que inquietan a la generación de padres y madres más culpabilizada de la historia. Pero ser padre culpable es lo de menos, lo que importa es que crecimos sin ser conscientes de haber sido etiquetados. Estuvimos bien atendidos por nuestros padres pero dejados de la mano de la sociología, la psicología, la pedagogía y la mercadotecnia, sin preocupar con nuestros hábitos de consumo más que a la chuchera y, una vez al año, a Famosa y a Comansi, sin ser nombrados ´niños mando a distancia´ pese a abrir la puerta, poner el UHF y hacer recados o ´niños escapulario», aunque hayamos crecido entre misas, beatería y santiguación.