Han empezado las clases y muchos de nuestros escolares se han encontrado con la feliz sorpresa de que en su clase se han suprimido los «libros de texto». En su lugar, tendrán un ordenador personal con el que, a partir de ahora, harán sus trabajos. Es muy posible que los alumnos se hayan guiñado el ojo con complicidad porque saben que la brega escolar, ahora, se jugará en su campo. Las pantallas y teclados son su terreno. Pero los comentarios que estos días oímos en docentes y padres nos hacen pensar que no todo serán ventajas. Tal vez, convendría haber pensado un poco más en los inconvenientes del invento y, sobre todo, en cómo y en qué medida convenía introducirlo.
Lo digo porque, como tantas veces sucede en el terreno educativo, los cambios se toman con cierta alegría y precipitación. De un plumazo se implantan modas y modos y que cada cual se las componga como pueda. El primer problema generado ha sido que, iniciado el curso, son muchas las clases que no tienen libros ni ordenadores. Ni una cosa ni otra. Habrá que improvisar hasta que lleguen los aparatitos. Me pregunto si no hubiera sido más prudente que los profesores recibieran algún curso de adaptación al nuevo sistema y dispusieran de las máquinas antes que sus alumnos. Sin esta preparación, puede que sean los alumnos los que den clases de uso a sus profesores. Y a medio plazo el problema puede ser mucho peor. Pienso en aquel chaval que cuando le dijeron que pintara un pollo lo dibujó a l´ast porque nunca lo había visto en un gallinero. Pues bien, ahora, utilizando el teclado todo el santo día y cuando ya causaba problemas la obsesión enfermiza que los más jóvenes tienen por las pantallas, al introducirlas también en estas aulas digitalizadas, puede suceder que acaben tecleando como locos y no sepan hacer la «o» con un canuto. Habrá que preguntarse si no desaparecerá la escritura manuscrita, tal como la conocemos. Los equipos informáticos en la enseñanza pueden ser útiles fantásticos, pero no deberían substituir a los libros. El nefasto lenguaje elíptico que ha introducido el mal uso de los teléfonos móviles es un ejemplo del tiento que con estos nuevos medios conviene tener.